En la Pariser Platz de Berlín se encuentra el monumento más emblemático de toda Alemania. Turistas de medio mundo se mueven como hormigas con teléfonos y cámaras entre sus manos. Buscan, con inútil y globalizado propósito, la fotografía más original. Aquella que los posicionará como ciudadanos del mundo en las pantallas de su triste público. Los 26 metros de altura que tiene la Puerta de Brandeburgo son simples marcos disponibles para la ejecución de diversas poses, sonrisas, besos y hasta paradas de cabeza. Los pocos berlineses que se ven apuran el paso. ¿Cómo son reconocidos? Sencillo: se tapan los rostros para evitar ser capturados por los alienados lentes de la invasión.
Es un domingo lluvioso de abril. La cuadriga que tira a la diosa romana Victoria hacia el este de la ciudad permanece encogida bajo las nubes: la postal que nadie compraría, pero seguro la más común durante la mayor parte del año. A la vera de la Puerta cuatro puntos que ni los ciegos podrían dejar de ver: el Hotel Adlon Kempinski, famoso porque un día Michael Jackson exhibió, por uno de sus balcones, no solo un bebé, sino su pedofilia. Al frente del hotel está la embajada de Francia, cuya blanca construcción parece más la fachada de un búnker que una casa diplomática, aunque, pensándolo bien, una cosa puede tener mucho que ver con la otra. Después está la Max Liebermann Haus, antigua casa del pintor impresionista devenida en museo. Para finalizar está la flamante embajada de Estados Unidos que, sin la tela de barras y estrellas (o bueno, incluso con ella a modo de metáfora paranoide), pasaría fácilmente como una prisión.
El gris de la tarde empieza a verse gobernado por un eco que proviene del Reichstag, que es el edificio que alberga el Bundestag y que, en cristiano, no es otra cosa distinta al Parlamento Alemán. A la altura de la Platz der Republik el eco ya había tomado forma de manifestación custodiada por decenas de ejemplares, tan musculosos como sigilosos, de la policía local. Para fortuna de los turistas se desata un pequeño aguacero que los hace correr en la dirección contraria de la historia: ni el rastro del Muro, ni la evocación del Tercer Reich y mucho menos aquel cuento lejano llamado República de Weimar pueden contener la frustración de una fallida tarde cultural. Y se escribe “por fortuna” porque lo que se venía encima de ellos era la multitudinaria sombra de otros peregrinos que, aunque un poco menos felices, sabían llevar la frente más en alto.
Banderas de Palestina, Líbano, Turquía, Azerbaiyán e Irán no sucumbían al castigo del agua. Megáfonos, micrófonos y parlantes engrandecían las voces de unos pocos hasta hacerse resonancia en la desnudez de los árboles que luchan por retoñar. Un millar de personas camina como una masa viviente por la Scheidemannstraße. Las miradas son rabiosas, las gargantas hirvientes y los puños bien cerrados. La vaporosa mezcla entre árabe y alemán erige una atmósfera de cólera que la mezquindad del inglés no entiende, aunque es el idioma que domina las pancartas captadas por las cámaras de televisión. Varios ¡Viva Palestina! se cuelan y son empujados por el viento hasta los oídos de los marchantes que lo repiten como si fuera una oración. Una niña con hiyab púrpura regala a todo el que se le atraviesa pegatinas con la bandera Palestina. Un abuelo expone las fotografías de tres familiares suyos debajo de misiles sangrientos pintados con los colores de Israel y Estados Unidos: “Beirut, Beirut, Beirut”, grita. Dos hombres con extensas barbas sostienen la imagen del ayatola Alí Jamenéi mientras siguen a todo pulmón las consignas que sabrá alá lo que dicen.
La masa dobla por Eberstraße hasta alcanzar la espalda de la Puerta de Brandeburgo. La lluvia arrecia. Debajo de los pies está la larga huella de piedra que señala que ahí estuvo el Muro. A pocos metros, la policía despliega una hilera de vallas para contener a los otros peregrinos y, así, proteger a los turistas. La masa se estaciona al final de la calle donde se extiende, por 200 metros, la profundidad de la embajada de Estados Unidos. Del lado de las vallas, y muy cerca de los policías, una mujer con la bandera de Israel en su espalda se para. Permanece en silencio. Lleva en su mano izquierda un girasol y un cigarrillo y, en la derecha, un cartelito que dice: ZERO INTIFADA. Not here. Never (INTIFADA CERO. Aquí no. Nunca). Los audífonos gigantes interrumpen la caída libre de la cabellera. Cierra los ojos y da vueltas sobre sí misma. La manifestación toda le grita de todo. Ella levita. Ella provoca. Ella está protegida. La furia árabe se vuelve una suerte de canto de mezquita.
En el corazón de la masa un discurso. La gente aplaude cada diez segundos los fraseos del orador que tienen alargadas las vocales hasta el cielo musulmán. La mujer de Israel sigue allí en su estado de pugna, de burla o de poder. Primero se caen las mil personas que le gritan, antes de que a ella se le mueva una pestaña. La lluvia empieza a mermar. Los turistas ya se han ido, fracasados del todo por la molestia, pero seguramente ya inmersos en el viaje virtual de algún amigo a Tailandia. Solo quedan policías, periodistas y manifestantes. Algunas antiguas banderas de Irán con el león y el sol fueron ondeadas, pero no alcanzaron a chispear porque la policía las anuló por ser consideradas un reto a la manifestación: representan el viejo régimen del sha, que fue derrocado por la Revolución Islámica de 1979, la misma que se inició con la teocracia que hoy hace cara al embate de la pandilla occidental más radical.
Iran is not alone. Lebanon and Palestine are its family (Irán no está solo. El Líbano y Palestina forman parte de su familia), dice un cartel embarrado en el suelo. A la capital alemana le han caído algunas esquirlas de las bombas que azotan Medio Oriente y no puede hacer nada más que dejarlas pasar. Una hora después la Puerta de Brandeburgo ha olvidado lo sucedido y se prepara para recibir los contingentes de turistas nocturnos. Con los ojos petrificados, la diosa Victoria mira la guerra que es el mundo: sabe que esa maquinaria también paso por ahí.
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