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Yo, el supremo

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Columnista invitado: Alejandro González Prieto
17 de abril de 2026 - 02:52 p. m.
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Una nueva generación de dirigentes trae de vuelta fantasmas que parecían enterrados.

El mundo creyó haber dejado atrás los años de hombres supremos: aquellos líderes que encarnaban el Estado, que llevaban la muerte en sus palabras y sumieron al mundo en el peor de sus tiempos.

Las últimas décadas del siglo XX estuvieron marcadas por el optimismo. Eran los últimos años del milenio: aumentaba la confianza en las instituciones y sociedades de todo el mundo celebraban el heroico viaje emprendido por la humanidad tras el infierno de las guerras mundiales. En palabras de Francis Fukuyama, la historia había concluido y se abría en el mundo “un periodo de democracia, paz y unidad”. Parecía que, en el futuro que hoy habitamos, los países vivirían centrados en el progreso, alejados de conflictos y revoluciones.

Poco queda hoy de ese espíritu. Atrás quedan las décadas de cooperación internacional, desarrollo económico y gobiernos tecnocráticos que tanto optimismo inspiraron. El poder global se concentra hoy en manos de una generación de líderes desafiantes: dirigentes que aspiran definir su época, concentrando poder, ambición y relato nacional. Ha vuelto el tiempo del strongman.

Son los líderes de las tres grandes potencias del sistema internacional: Donald Trump en Estados Unidos, Xi Jinping en China y Putin en Rusia, a los que buscará unirse Narendra Modi en India. Pero la constelación no acaba allí. A su alrededor gravitan actores clave: Giorgia Meloni en Italia, Recep Tayipp Erdogan en Turquía y Mohammed Bin Salman en Arabia Saudí; así como la Corea del Norte de Kim Jong-Un, el Israel de Benjamin Netanyahu y el Irán de Jamanéi.

La magnitud de su poder es innegable. Bajo su mando se encuentran la mitad de la población mundial, varios de los ejércitos más poderosos del mundo y una parte esencial de los recursos económicos y energéticos.

El fenómeno es heterogéneo pero reconocible. El líder fuerte emerge como respuesta a una crisis de seguridad, identidad o prosperidad. En sus discursos brilla una promesa central: corregir el rumbo de una nación en decadencia –Make America Great Again– para convertirla en la civilización que merece ser.

Para ello, el strongman se aleja estratégicamente de lo técnico: sustituye las políticas por el relato, el dato por la épica. Se muestra seguro, combativo y señala a los enemigos de la nación: el interno, responsable de la crisis; y el externo, al que se busca combatir. En sus campañas, figuras como Trump y Meloni movilizan a su electorado reabriendo debates que parecían superados por décadas de difícil consenso.

Aunque no es la primera vez que una generación así coincide en el poder, este caso presenta una particularidad: frente a otros momentos históricos en los que se ensayaron modelos alternativos, estos líderes recurren a ingredientes conocidos. El nacionalismo, autoritarismo, y expansionismo vuelven a ocupar el centro del tablero político.

En el poder, los strongmen combinan eficacia y teatralidad, pues necesitan las victorias simbólicas tanto como las reales. Su batalla no es política: es moral. Sus primeros movimientos son rápidos y contundentes: reformas agresivas, decisiones controvertidas y desbordamiento de la oposición. El escándalo no es accidental, sino parte de una calculada estrategia.

Pero su paso por el poder no es gratuito. El coste y los riesgos internos son profundos, y la vulneración de derechos y libertades es frecuente. Especialmente allí donde los contrapesos institucionales son débiles, las oportunidades de limitar libertades han sido abundantes y poco costosas. No es casualidad que, según Freedom House, la libertad mundial lleve 15 años en retroceso, en la racha de declive más larga desde que existen registros.

Otro riesgo constante es la erosión de instituciones democráticas: justicia, prensa y límites constitucionales son convertidos en enemigos de quienes, como Recep Tayyip Erdogan, han desafiado la legalidad en favor de la concentración de poder. Con ello, el strongman refuerza su imagen dominante, tratando las leyes como el símbolo de la debilidad moral de la anterior clase política.

A ello se suma una retórica nacionalista que tiende a definir a la patria en términos excluyentes. Ya sea desde lo étnico, lo religioso o lo político, el proyecto de líderes como Modi o Netanyahu ha traído consigo la marginalización –cuando no la estigmatización o persecución– de determinados colectivos. El riesgo no es solo político, sino profundamente social y humano.

Además, estos líderes muestran una marcada resistencia a dejar el poder. Las reformas constitucionales de Rusia y China, que buscaban permitir a sus líderes prolongar su mandato; así como la reacción de Trump a las elecciones de 2020, apuntan a una misma lógica. Y cuando finalmente lo hacen, dejan tras de sí estructuras debilitadas y un complejo vacío de poder.

En el plano geopolítico, el riesgo es elevado. Estos líderes actúan a menudo como actores imprevisibles, dispuestos a tensionar el orden para imponer sus intereses. La idea civilizatoria, que implica la existencia de regiones de influencia en las que una nación actúa como potencia hegemónica, condicionará al mundo entero en su relación con ellos. Y, movidos por su narrativa, los strongmen no podrán permitirse un paso atrás: la derrota rompería su imagen de poder inquebrantable. Cuando dirigentes así coinciden, el equilibrio se vuelve frágil.

El resultado de esta fatídica coincidencia es un mundo multipolar, competitivo e imprevisible; un mundo en el que el derecho internacional pierde peso, los conflictos se multiplican y el poder se impone con fuerza sobre las normas.

La historia no terminó; probablemente no lo hará nunca. Y el futuro del mundo volverá a ser escrito por hombres que no aspiran a gobernar, sino a cambiar los tiempos.

El problema lo advierte el pasado: estas historias tienen finales conocidos.

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Por Alejandro González Prieto

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Mario OROZCO G.(16018)Hace 39 minutos
Muy buena columna y, quién creyera! Aquí en este platanal es lo que buscan Petro y Cepeda.
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