CELEBRAMOS EN LA SEMANA QUE termina el Día de la Afrocolombianidad y los medios abundaron en cifras vergonzosas sobre la situación de los negros, ese 30 por ciento de la población colombiana que en su mayoría dista mucho de vivir en condiciones decentes y que, además, soporta, inane e inerme, el arrasamiento de los paramilitares y la guerrilla.
Y los de piel un poquito más clara siguen insistiendo en señalar su raza como causa de subdesarrollo, origen de malignidad y razón de incapacidad mental para tratarlos como niños o como apestosos de la sociedad. Un solo ejemplo basta: “Negro tenía que ser”, es frase del lenguaje común colombiano para denotar culpabilidad, insuficiencia, mal comportamiento de cualquiera de ellos como ser humano. ¿Alguna vez se escuchó decir o se oyó gritar: “Blanco tenía que ser”? Únicamente los indígenas comparten tan cruel señalamiento, porque ellos tampoco son personas, sólo son “indios”.
El Estado demuestra una condescendencia morbosa que es auténtica segregación, porque si hay que celebrar y hacer bombo de una fecha única y especial para un grupo humano, ya lo estamos discriminando al máximo. Entre otras cosas, porque la mejor forma de confirmar que un sector de la población sufre iniquidad y necesita reparación es ese supuesto reconocimiento en su diferencia, pasajero e inútil, que no legisla, no reconoce, no condena. La pretendida exaltación en la “Colombia incluyente que todos queremos”, como afirman desde el alto gobierno y sus múltiples áulicos, los coloca en el mismo plano del mono tití, el mangle rojo y otras especies en peligro de extinción y sin dolientes que abundan en la biodiversidad nacional. Y me abstengo de hablar de las mujeres, que no estamos en extinción, pero sufrimos, negras y blancas, la misma discriminación.
No existe una verdadera política pública estatal, incluyente y eficaz, para sacar a esta población del estado de atraso en que se encuentra: una revisión a vuelo de pájaro de notas de prensa y registros de video muestra pueblos y caseríos en situación precaria, sin agua potable, sin energía, sin escuelas ni posibilidades de trabajo en ambas costas del país y, si no surge entre ellos una Señorita Colombia o un Pambelé que luchen por llevar bienestar a sus coterráneos, sus lamentos y ruegos son oídos pero nunca escuchados y, por tanto, nunca respondidos.
Lo más doloroso de este racismo personal y la segregación estatal es que muchos de quienes lograron salir de esa agenda del atraso y han hecho carrera también les voltearon la espalda, porque les costó demasiado llegar y han logrado ser aceptados, a pesar de su piel. Otros, se sometieron y buscaron blanquear su piel y su mente para lograr un nicho entre la intolerancia general. Sin embargo, desde hace unos años se consolida un movimiento con orgullo de raza que se ha ido esparciendo en las regiones y lucha contra la exclusión, el maltrato y los derechos de las personas negras, y así se autodenominan, rechazando el asqueroso “morenos” que la condescendencia y la falsa igualdad blanca se inventó, como si no fuera tan insultante como el “negro hijueputa”.
Colombia es un país incluyente en el papel, en la Constitución, donde abundan justicia, equidad y derechos, pero en realidad somos un país de racistas, sexistas, xenófobos, expertos en la negación y decididamente ciegos, como para que salgamos en las encuestas como los más felices y los más satisfechos con el sexo y le brindemos al Presidente un respaldo de más de 85 por ciento en el actual panorama político que tenemos.
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