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Decir que quienes pensamos que la inequidad social es la causa de la violencia justificamos la guerra es además de un señalamiento irresponsable un error conceptual grave.
En palabras del profesor Antanas, es un atajo, una manera fácil de salir del paso a una discusión obteniendo beneficios electorales de ello. Como académico, Antanas debería saber que esta discusión necesita argumentación y evidencias, y que no es necesario apresurarse a hacer juicios tan severos sin haber escuchado la contraparte. Muchos estaríamos dispuestos a exponer puntos de vista.
Quienes pensamos que las distintas formas de la violencia tienen su origen en la inequidad social vemos, contrario a lo que dicen las fuentes oficiales, que la gasolina de nuestro conflicto es la pobreza. La extrema pobreza y la falta de políticas sociales para la equidad son la causa de que en las ciudades y en el campo los niños, jóvenes y adultos pobres vean la ilegalidad y la guerra como fuentes de empleo. Es claro que necesitamos mucha y muy buena educación, pero es muy posible que para muchos colombianos los principios enseñados por la escuela se diluyan ante los dilemas de la vida cotidiana.
Para que haya legalidad democrática, como quiere Mockus, es necesario que el Estado y la sociedad garanticen las condiciones para que sus ciudadanos cumplamos la ley. Cuando un padre de familia no puede garantizar a sus hijos la educación, la alimentación, la vivienda digna y la salud es comprensible que de no existir opciones laborales en la legalidad asuma una actividad ilegal en un momento desesperado. En este caso los principios sucumben ante el peso de la realidad y las decisiones se toman con una racionalidad estomacal más que con el cerebro o el corazón.
La guerra y la ilegalidad, contrario a lo que vemos en cine o en televisión, no son trabajos agradables. Salvo muy pocas excepciones, ningún trabajador de la guerra o de la ilegalidad se siente tranquilo o moralmente bueno al trabajar en el negocio de la muerte y de lo prohibido y censurado. No creo que alguien que deba ver morir a otra persona por su mano tenga un día de trabajo agradable ni cómodo. No creo que nadie, por falto de educación que sea, prefiera ingresar al negocio del jibareo de drogas o al sicariato en lugar de trabajar en una empresa o ir a la universidad.
Lo que propone Mockus es una sociedad de moderados que repriman sus apetitos malvados en nombre de la legalidad. Es decir, una sociedad injusta pero llena de buenos ciudadanos. La inequidad y la pobreza no justifican la violencia, pero el asunto es que los pobres son los que están poniendo los soldados, los narcotraficantes, los sicarios y los jíbaros.
Diego Duque. Bogotá.
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