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SE HA HECHO PRÁCTICA ESTAblecida la no conjugación de un verbo al que la decencia obliga: renunciar. Se renuncia en olor de inocencia, cuando la vida nos coloca al filo de la navaja ya sea por azar, de rebote o porque nosotros mismos generamos la causal.
La conjugación es imperativa y necesaria en lo público porque nos concierne como ciudadanos, y porque es tan nuestra, tenemos la obligación de hacerle seguimiento y el derecho a pedir renuncias. Pero resulta que en el sector público es donde menos quieren conjugar un verbo de bellas acepciones: (Del lat. renuntiare).1. tr. Hacer dejación voluntaria, dimisión o apartamiento de algo que se tiene, o se puede tener. 2. tr. Desistir de algún empeño o proyecto. Se niegan agazapados tras las más banales excusas para permanecer tanto en cargos administrativos como de representación, se atornillan con ferocidad de animales de presa a su silla, desprecian el clamor de la opinión pública con el cinismo y la desmesura de su ambición política.
En la historia reciente de este país de irrenunciados sólo recuerdo un caso de decencia y valor indiscutibles: María Consuelo Araújo Castro, la ministra de Relaciones Exteriores que supo entender que el país va por encima de los intereses personales y que nada más denigrante que un alto funcionario metido entre los palos, así ella no tuviese que ver con las acusaciones de presunción de delitos para algunos de sus familiares. La Conchi conjugó el verbo “renunciar”, que parece impronunciable por sus pares y la desmañada mayoría de la casta política que abarrota La Picota o se mantiene en el recinto del Congreso sumidos en temblores, sudando la gota fría, mirando hacia la puerta en espera de su citación.
¿A qué espera el ministro Valencia Cossio, para conjugar el verbo de marras? Sólo porque la decencia obliga debería haberlo hecho hace semanas, pero Fabito —así le dicen en Antioquia sus íntimos— ha demostrado a lo largo de su larga carrera político-clientelista que tiene piel de saurio y ha toreado en toda clase de corralejas, plazas y rincones. Nadie como él conoce al toro manso que somos, tan manso como para ahora aceptarlo de Presidente (e), aun y a pesar de estar en ese brete tan feo por culpa del hermanísimo menor, al que se cuajó la cuatrisonrisa prepotente cuando la casa por cárcel se convirtió en Picotazo limpio, tales son los delitos con que se le relaciona. Pero Don Fabio sigue abrazado al cargo, tan ajeno a las acusaciones, como si nada hubiera tenido que ver con los nombramientos de su familia. Que alguien nos informe sobre el baremo del ex director de Fiscalías de Medellín, que nos ilustre sobre su hoja de vida merecedora de tan delicado, difícil y probador cargo. ¿No fue acaso por el simple hecho de que su hermano mayor está en las mieles del uribismo? Y quien recomienda, responde. Eso es tan ley, como lo es la palabra entre quienes seguimos siendo decentes.
