Le podrá ser útil el argumento al Gobierno, pero, ¿es cierto? En el siglo XX el ingreso per cápita colombiano se multiplicó por 10. El crecimiento anual del ingreso per cápita entre 1906 y 2001 fue 2,26%. Entre 2002 y 2010 será 2,30%. En términos económicos, la cosa no ha cambiado.
En el siglo XX, a pesar de todas las dificultades propias de un país pobre y atrasado, se consolidó un sistema democrático, con reglas claras de sucesión entre gobernantes, una prensa libre, instituciones relativamente fuertes y cierto equilibrio entre poderes. Ni antes ni ahora, éstas cosas han sido perfectas. Pero el sistema político colombiano tiene una tradición respetable, que se podría comparar favorablemente con lo que tienen para mostrar otros países en etapas similares de desarrollo. En las materias en que mostramos deficiencias más graves, como la impunidad, la inoperancia de la justicia, la falta de infraestructura y la influencia de las mafias, no es claro que estemos mejor ahora que hace ocho años.
Aunque es cierto que durante períodos largos de su historia Colombia ha sufrido de violencia endémica, tampoco aquí son convincentes las generalizaciones. Por ejemplo, desde comienzos de los años 60 hasta mediados de los 80, la tasa de homicidios por 100 mil habitantes en Colombia fue más baja que la de hoy.
Sin embargo, entre 1986 y 2002, cuando la sociedad colombiana y sus instituciones estuvieron bajo la mayor presión, el pie de fuerza del Ejército aumentó de 93.000 a 200.000 soldados. El pie de fuerza de la Policía aumentó de 60.000 agentes a 110.000. Según el Ministerio de Defensa, entre 1990 y 2002 el gasto en seguridad y defensa aumentó de 1,9% del PIB a 4,2% del PIB (en 2009, representó 4,4% del PIB). En ese período, miles de servidores públicos ofrecieron su vida o la pusieron en riesgo para defender las instituciones. No es claro por qué se referiría uno a un esfuerzo de esta naturaleza como sintomático de un Estado desfalleciente.
Sin duda, al final de la administración Pastrana, la crisis económica y la inseguridad habían causado un sentimiento de desaliento en la ciudadanía y muchas tragedias personales. Pero la propia administración Pastrana había sentado las bases para una reacción vigorosa, fortaleciendo el Ejército y la Policía, y poniendo en marcha el Plan Colombia.
En este contexto, el empeño de Uribe por vencer militarmente a las Farc y establecer un ambiente de seguridad le permitieron producir resultados concretos muy rápidamente. Aun si ya se había pasado el punto de inflexión, hay que atribuir al liderazgo de Uribe la aparente consolidación de una situación mucho más favorable en materia de seguridad.
En los demás campos, el desempeño ha sido menos claro. Algunas cosas buenas, otras mediocres y algunas deplorables y vergonzosas. Entre estas últimas, los abusos y atropellos que se han cometido para promover la segunda reelección, con la única justificación de que la mera ausencia de Uribe constituye una hecatombe, que nos convertiría de nuevo en un Estado fallido. Es hora de dejar de repetir ese estribillo, que es una caricatura sofística, constituye una burla al esfuerzo y los logros de millones de colombianos, y está sirviendo de pretexto para una abominación.