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Humor y opinión

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Columnistas elespectador.com
24 de enero de 2009 - 02:08 a. m.
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Montar en el metro de Londres guiados por su columnista Daniel Mermelstein es una experiencia divertida y un soplo de brisa refrescante en medio de este desierto de ilusiones en que nos movemos los colombianos.

Parodiando un poco cierta canción “de vez en cuando viene bien reír” y reírse gracias a un humor fino y culto, viene todavía mejor.

Juan Vitta Castro. Bogotá.

El foro del punto.com

Soy un asiduo lector de su edición virtual y en especial consulto de manera permanente las columnas de opinión. El Espectador, a diferencia de otros medios, presenta puntos de vista plurales y análisis concienzudos sobre diferentes tópicos de la actualidad nacional e internacional. Leo también con frecuencia los comentarios de los lectores sobre las distintas columnas y noticias, pues considero que ofrecen un cierto termómetro para valorar la percepción de la opinión pública acerca de los principales hechos.

Estoy conforme con un concepto amplio de la libertad de expresión y de opinión que dé cabida a los más disímiles pensamientos y criterios, y, por qué no, que contribuyan a profundizar el debate sobre un determinado tema y a alcanzar hitos cada vez más elevados en el conocimiento y en el desarrollo de las ideas. Sin embargo, en no pocas ocasiones leo comentarios de lectores que me llevan a interrogarme sobre los límites de los derechos fundamentales a expresarse, a opinar y a disentir, particularmente cuando se trata de notas injuriosas, calumniosas o amenazantes contra el autor o autora de una determinada reflexión periodística o cuando resultan completamente impertinentes y apartadas del tema tratado.

Pienso que, en este aspecto, a diferencia de lo que ya ocurre con otros medios masivos de comunicación, El Espectador aún no atina a establecer criterios mínimos para que la opinión de los lectores se exprese en el marco de las libertades constitucionales. Más bien, parece que se confunde con algo de liviandad la libertad de expresión y opinión y conductas que rayan con el derecho penal. En este sentido, me pregunto, qué sentido tiene publicar en un medio que cuenta con una amplia divulgación y consulta en el mundo de la internet, como es El Espectador, (posiblemente igual o mayor que la que tiene la edición impresa), de una serie de comentarios soeces, hirientes y amenazantes contra destacados columnistas. ¿No se ha pensado acaso en que este tipo de comentarios pueden promover atmósferas de rencor y animadversión que eventualmente lleguen a materializarse en actos de violencia y agresiones en contra de la humanidad de los colaboradores de las columnas y escritos de opinión? Aunque este tipo de situaciones de violencia no llegara a concretarse y, ojalá jamás se concreten, ¿no les parece que es un abuso y un atentado contra la honra y el buen nombre de los colaboradores de ese periódico, colocar en seguida de sus escritos toda suerte de dichos y frases difamatorias e insultantes?

Creo que El Espectador tiene la responsabilidad de velar por la libertad de opinión y, en consecuencia, establecer unas dos o tres reglas mínimas para permitir la publicación de comentarios de sus lectores, de manera que quien no las cumpla, sencillamente no vea la luz en la página web de ese importante medio de comunicación.

Creo que el remedio está en sus manos.

 Fernando Estrada Ramírez. Cali.

Las pirámides

El polémico caso que se viene comentando desde hace unos días tras el artículo de El Espectador acerca de la empresa captadora de dinero CI Tango Trading, cuya subgerencia estaba a cargo de la conocida presentadora Adriana Arango, es realmente deprimente. Y no sólo porque nos pone a pensar en la magnitud del problema de las pirámides en el país y en la forma en la cual pudo permear todos los círculos de la sociedad, sino también porque nos deja una sensación de malestar frente a lo que verdaderamente le ocupa a la justicia colombiana. Si las primeras pirámides, que en últimas eran las más pequeñas, no hubieran comenzado a desaparecer con el dinero de miles de ahorradores en distintos municipios y pueblos del país, los grandes monstruos como DMG o DRFE, y los escándalos como lo es éste, nunca hubieran salido a la luz pública.

Matilde Correa. Bucaramanga.

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