La Presidencia de la República rechaza las informaciones calumniosas
del columnista Iván Cepeda, publicadas hoy (El Espectador, semana del 4
al 10 de mayo) , quien posa de víctima de violación de derechos humanos
y en la práctica, es un hostigador a que se violen derechos humanos.
César Mauricio Velásquez O. Secretario de Prensa de la Presidencia de la República. Bogotá.
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La respuesta dada al columnista Iván Cepeda por parte del jefe de Prensa de la Presidencia, César Mauricio Velásquez, le da la razón al ministro de Agricultura, Andrés Felipe Arias, cuando en entrevista para El Espectador dijo que “a veces en el trajín no se puede pensar”. En efecto, Velásquez asegura que Cepeda “posa de víctima de violación de derechos humanos y en la práctica, es un hostigador a que se violen derechos humanos”.
Quizá la palabra que quiso utilizar fue “instigador”, o si se quiere “incitador”, pues hostigador hace referencia al que “acosa o molesta sin descanso” (diccionario Larousse), mientras que el instigador es el que “incita a que se haga algo”. De cualquier modo, la apresurada respuesta de Palacio no refuta ninguna de las aseveraciones de Cepeda (“La prueba es Montería”), pero sí constituye una velada justificación a cualquier retaliación que pudiera tomarse contra el columnista. En otras palabras, instiga.
Jorge Gómez Pinilla. Bogotá.
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Habida consideración al artículo del señor Iván Cepeda Castro, publicado en su medio periodístico en la edición del 2 de mayo de 2008, cuyo titular es “La prueba es Montería”, en el cual se refiere a la Universidad de Córdoba, nos permitimos aclarar.
El movimiento al que hace alusión el columnista se circunscribe a un cese de actividades de un reducido grupo de empleados cuya naturaleza jurídica fue modificada porque venían vinculados como Trabajadores Oficiales cuando en realidad desempeñaban funciones propias del empleo público. La decisión la tomó el Consejo Superior en el año 2005, con apoyo del Ministerio de Educación Nacional y siguiendo las sugerencias del Ministro de Hacienda, con el objeto de ajustar esa situación de ordenamiento legal.
En aras de la verdad y justicia reclamadas por el escritor, es necesario que la opinión pública conozca que el sindicato al que se refiere el columnista lo que pretende al interior de la universidad con los ceses de actividades, con las intimidaciones, amenazas al consejo superior, a la comisión negociadora y a mi hijo menor de edad, con el adoctrinamiento a estudiantes, con la difamación al gobierno nacional, con el apoyo a líderes sindicales nacionales, es recuperar nuevamente los beneficios que ostentaban irregularmente (cuando se desempeñaban como trabajadores oficiales).
Que desde el año 2002, cuando asumí la rectoría de la Universidad de Córdoba, no se han vulnerado los derechos humanos, no han existido muertes, hechos violentos. Esto se soporta con certificaciones expedidas por los organismos de seguridad del Estado. Los asesinatos señalados en el artículo tuvieron ocurrencia en administraciones anteriores y serán ellas quienes darán las explicaciones si a ello hubiere lugar.
Es bueno informar igualmente a la opinión pública que el sindicato, por intermedio del señor Cepeda, omitió mencionar que durante varios años y antes de mi administración la Universidad de Córdoba fue epicentro de las transacciones de secuestro y vacunas ejercidas por la guerrilla. Hoy en día se respira en la institución un ambiente de armonía, respeto, tolerancia, trabajo de investigación y extensión con la empresa privada, que ofrecen mejores condiciones para la educación de los estudiantes.
Mi designación como rector de la Universidad de Córdoba en los periodos 2003-2006 y 2006-2009 es legítima y se hizo conforme a lo establecido en la ley 30 de 1992 y a los Estatutos de la Universidad. En nombre de mi equipo de trabajo y el mío rechazamos las afirmaciones tendenciosas y difamatorias que hace el columnista a la opinión pública las cuales lesionan no solo el buen nombre de la única Universidad Pública de Orden Nacional de nuestra región, sino de quienes en ella laboramos, estigmatizando además de manera irresponsable la buena imagen en que la institución se ha posesionado con mucho esfuerzo y que se ve reflejado en los indicadores de gestión, cualificación docente, grupos y proyectos de investigación, así como los excelentes resultados estudiantiles obtenidos en pruebas ECAES, entre otros.
Son estas satisfacciones las que nos motivan a continuar comprometidos en la gestión por el bienestar de la región, procurando que la Universidad de Córdoba siga siendo el eje del desarrollo económico y social de una población que se ha esmerado por superar el rezago y el olvido al que estuvo sometida durante muchos años.
Claudio Enrique Sánchez. Rector, Universidad de Córdoba. Montería.
El editorial
Con la mayor atención me refiero el editorial “Educando en la homofobia”, para expresar mis sentimientos de la mayor indignación por la forma brutal, descortés y machista con la que el editorialista trata a la distinguida rectora del Colegio Leonardo Da Vinci de Manizales y a las 700 alumnas que expresaron su protesta contra lo que hace 40 años en París protestaron los jóvenes, siguiendo a H. Marcuse y a W. Reich, quienes consideraban que formaba parte de la revolución contra “ El Sistema” el demoler la ética sexual plasmada en el sexto mandamiento “no fornicar”, para el cual es un vicio a la lujuria, y la pureza y la castidad virtudes.¡Este es el fondo del problema!
Por otra parte, la palabra “ homofobia” que emplea el mencionado escrito no figura en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua; el neologismo lo acuñó la “ideología de género”. Ésta para justificar éticamente el homosexualismo, en vez de hablar de matrimonio, habla de heterosexualidad. Según dicha ideología, “el género” (una especie de unisex) , lo determinan las conductas sexuales por lo cual existirían varios géneros configuradores de la identidad sexual, a saber: heterosexual, homosexual, lesbiana, homosexual y bisexual etc). ¿Es eso lo que el editorialista quiere que se enseñe a los niños y a las niñas colombianas?
Carlos Corsi Otálora. Bogotá.