El sistema de medios públicos RTVC es incapaz de cumplir su palabra. Dice y da a entender una cosa y luego sale con otra cosa, que es diametralmente opuesta y además tiene graves repercusiones para terceros. El resumen ejecutivo es que nosotros –la casa productora de pódcast La No Ficción– íbamos a firmar un contrato con RTVC para la elaboración de una serie de seis episodios, y todo iba muy bien hasta que, de un plumazo, esa entidad decidió cancelar el proyecto, afectando nuestras volátiles finanzas.
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El 27 de marzo de 2023, recibimos en el correo institucional de La No Ficción (RTVC tiene en su base de datos nuestra dirección de correo electrónico) una invitación para postular propuestas de podcast sobre temas considerados tabú. El cronograma era apretado, con fecha de entrega en noviembre de este mismo año, y el monto del contrato ascendía a sesenta millones. Nosotros elaboramos prontamente la escaleta de un podcast: una larga e intensa serie sobre la adicción a los juegos de azar con un enfoque en las apuestas en línea, que es un tema muy tímidamente explorado en la opinión pública. No se sabe a ciencia cierta quién las financia, cuántos millones de dólares se tragan, si el sistema de salud tiene con qué responder y, en últimas, cómo el tremedal de las adicciones en línea puede echar abajo la vida de alguien. El único estudio reciente sobre ludopatía a escala nacional, hecho en el 2020 por la Universidad Nacional, reveló, tras encuestar a 5.858 de sus estudiantes, que más del 19 % tendría graves problemas de adicción a los juegos de azar. Y algo todavía más escandaloso: son las personas más pobres las que presentan mayores probabilidades de contraer una adicción de esta índole. De manera que no era un simple trabajo simpático sobre una historia colorida, sino un esfuerzo serio que, como un topo, iba a las raíces del problema fatal de las adicciones.
Junto con la propuesta ya redactada, hicimos acopio de toda la documentación necesaria, que era engorrosa y espesa. Incluía, por ejemplo, un itinerario detallado de realización de la serie, una muestra sonora, un informe de avance de la investigación, los releases de las personas involucradas en la historia, los certificados de organizaciones aliadas con las que hemos trabajado, las hojas de vida de los integrantes, la descripción de los recursos técnicos, el inevitable y hegemónico RUT, entre varios otros. El diluvio de documentos lo enviamos a tiempo.
Tras subsanar dos documentos que cojeaban, fuimos habilitados –como se dice en el argot de la burocracia– para la fase de evaluación de las propuestas. El 30 de mayo se publicó en la página oficial de RTVC la lista de las propuestas seleccionadas. Entre ellas, la nuestra. Sacamos el puntaje más alto en la evaluación escrita y en la prueba oral ante el jurado, con 828 puntos sobre 1.000. El 8 de junio recibimos un correo de una productora de RTVC Play –el bloque encargado de elaborar su parrilla de contenidos digitales– que nos pedía preparar más documentos “para adelantar el proceso de contratación con RTVC”. Las semanas siguientes se fueron en subsanaciones cosméticas (como mejorar el pantallazo de un formulario digital) y en la actualización de unos documentos –que, dicho sea de paso, ya habíamos enviado–, hasta que el 9 de agosto recibimos la noticia telefónica por parte del gerente de RTVC, Juan Baquero, que la nueva gerencia había tomado la decisión de que la saga Tabú no iba más, bajo el argumento de que no se ajustaba a la misión de la entidad. Lo que al principio parecía un mal chiste fantástico fue ratificado unas semanas más tarde, el 24 de agosto, con el lacónico anuncio formal en su página web. Según dicho comunicado, RTVC no tenía ninguna obligación de suscribir un contrato porque, según su Manual de Contratación, lo que se había hecho era apenas una “invitación a cotizar”, un benigno “sondeo de mercado”.
Un poco aturdidos por la súbita decisión, decidimos desempolvar nuestros diplomas de abogados y preparar un derecho de petición a través del cual le solicitábamos a RTVC reconsiderar su decisión. Nuestro argumento era –y es– que todas las peripecias y conversaciones que sostuvimos con RTVC eran una suerte de tratativas preliminares, en el marco de una etapa precontractual, que habían creado en nosotros la expectativa legítima de la firma del contrato, y no eran una mera “invitación a cotizar”. Teníamos una confianza legítima en que el contrato se iba a cristalizar felizmente por cuanto en esta fase precontractual RTVC nos había dado todas las indicaciones en esa dirección: nunca se nos dijo que era un tanteo de mercado o que todo se podía derrumbar con el cambio de dirección (y a todas estas, ¿por qué un pódcast sobre una bacteria mortal para la sociedad como lo es la ludopatía no cabe dentro de la misión de la nueva gerencia de RTVC?), sino que cada mensaje reafirmaba que ya todos estábamos montados en el mismo barco. Con el traje de abogados, añadimos que la Corte Constitucional ha dicho en varias ocasiones que todos los contratos –incluida su primitiva etapa precontractual–, todos los actos, todas las actuaciones, están cobijados por la buena fe contractual, que entre muchas otras cosas se traduce en una mutua lealtad. Creemos que no hubo una buena fe por parte de RTVC, que incumplió la mutua lealtad, y creemos asimismo que nuestra expectativa legítima se vio vulnerada.
La No Ficción se abstuvo de participar en otras convocatorias y becas porque el pódcast con RTVC, de cuya materialización no teníamos ninguna duda, ya implicaba una alta carga de trabajo. Nosotros enviamos, contra los vientos más bravos, el grueso folio de documentación requerida. Nosotros, que sabíamos que producir una serie de seis episodios no es cosa de una sola tarde, nos habíamos remangado y le habíamos dado inicio a una feroz reportería. Ya el protagonista de la serie había tenido la amabilidad de concedernos una larga entrevista en la que perturbamos la paz de su memoria golpeada por la ludopatía. Ya habíamos contactado a su familia y amigos. Ya habíamos comprado, leído, subrayado y anotado un lote de libros, ya habíamos discutido una posible estructura, con sus bucles y sus elipsis, ya teníamos otras fuentes tanteadas y otras muchas detectadas, ya teníamos en nuestra pizarra de trabajo anual el pódcast pinchado con un alfiler.
Recibimos la respuesta oficial el lunes 25 de septiembre. A grandes rasgos, RTVC contestó que el contrato jamás fue firmado, que suele ser el naipe de comodín de las instituciones para tomarles el pelo a los particulares. RTVC dijo también que, de acuerdo con su normativa interna, nada de lo que sucede antes de la firma del contrato conlleva ningún tipo de obligación para RTVC, y que “los gastos realizados son insumos que cualquier interesado debe tener en cuenta al momento de presentar su proyecto”. Juzgamos errado el argumento, pues hay una norma que tiene unos cuantos kilos más de peso que el blandido Manual de Contratación de RTVC: una norma que se llama la Constitución, uno de cuyos principios rectores es la buena fe, que se traduce en respetar las normas mínimas de la negociación. Pero eso, al parecer, no les importó.
Aunque estamos convencidos de que RTVC tiene la obligación jurídica de indemnizarnos, hasta el momento no hemos querido escalar el asunto a un estrado judicial por lo enfadoso de un litigio y por lo poco efectivo en términos de costo beneficio, y porque el ánimo lucrativo no era lo que nos llevó a presentarnos a la invitación de RTVC, sino las ganas certeras de hacer, y hacerlo bien, el pódcast sobre ludopatía. Pero hemos decidido hacer público este abuso por parte de RTVC porque sus argumentos petulantemente leguleyos y patriarcalmente arbitrarios no solo nos afectaron a nosotros y a otras dos casas productoras (Didax Comunicación y Desarrollo SAS y Colectivo Remitentes) que ahora se encuentran en apuros para sortear el otoño del año, sino además porque nos parece problemático que un actor público se escude en una ventolera de argumentos que, en vez de avivar el debate democrático, lo sofoca.
Si de algo sirve este ingrato incidente, más allá de refrendar la frivolidad de hierro de RTVC, y más allá de oficiar las exequias de un pódcast que no fue, que sea para comprobar una vez más el pequeñito e ilusorio aprecio que los colombianos tenemos por la palabra empeñada.