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Cuatro gatos vestidos de negro nos hicimos presentes en el Consulado de Colombia en Coral Gables para dar voz a los sin voz. Como buen ciudadano, llegué con media hora de anticipación a la cita y no encontré ni un alma vestida de negro. Todos estaban vestidos con otros colores, ocupados en solucionar sus problemas consulares.
Al entrar al Consulado, sentí las punzadas de miradas que sólo emiten aquellos consumidos por la intolerancia. Hice oídos sordos a grotescas palabras semejantes a las salidas de la boca de Plinio Apuleyo Mendoza al referirse a la marcha del 6 de marzo. Para disipar el desconsuelo me fui a la librería Books and Books, a leer sobre los tambores de guerra que un “chafarote” empezó a hacer sonar tal vez (sin saberlo) para hacer realidad el Nuevo Orden Internacional propuesto por Bush padre, en donde se plantea el dominó Afganistán, Irak, Venezuela. Ya iba a irme cuando vi a Juan Pablo con una pancarta conciliatoria similar a la que desplegamos en la marcha pasada: “Todos somos protagonistas de la Paz”.
Probablemente para guardar la memoria, los del Consulado nos tomaron fotos. En ese momento éramos tres gatos. Luego llegó el pintor Jaime Camacho para armar el cuarteto. Como el guardia alegó que estaba enfermo, con Juan Pablo improvisamos un pequeño escenario con equipo de sonido facilitado por el Cónsul, quien pidió a los funcionarios que suspendieran por diez minutos la atención al público. Alguien gritó “¡que trabajen!”. El cónsul, molesto, aclaró que así como había facilitado la vocería para la marcha anterior, era justo que se escucharan las voces disidentes.
Acto seguido, el Cónsul presentó a Juan Pablo, quien a nombre personal expuso las razones por las cuales se encontraba allí. Luego me dio la palabra, en la que a nombre personal también condené todos los actos de violencia cometidos contra aquellas personas que no tienen quien los represente y cuyo temor les impide manifestarse. A alguien que iba para el Consulado, al comentarle que solamente cuatro gatos nos habíamos reunido, me dijo aterrado que saliera como alma que se la lleva el diablo de esa boca del lobo. “¡Váyase antes de que lo fichen y luego lo quiebren!”, fueron sus palabras.
En vista de que los empleados del Consulado siguieron atendiendo a la gente, el Cónsul, nuevamente molesto, exigió que ya que no habían respetado los diez minutos solicitados, por lo menos se hiciera un minuto de silencio. Alcancé a detectar ciertas caras descontentas entre los empleados, pero casi todo el mundo presente allí acató el llamado del Cónsul y por un minuto se pudo escuchar el silencio que encuentran todos aquellos a quienes violentamente se les priva de la vida.
Tal vez nuestras palabras, que hacían un llamado a la concordia y a la razón, disiparon el odio en la mirada de aquellos que las lanzaron al llegar, porque lo cierto es que al final fueron varios los que se nos acercaron a darnos la mano y a valorar nuestra entereza. Sólo una persona quiso insultarme, pero cortó sus palabras agresivas cuando le tendí la mano para despedirme. Con recelo me la dio. Al sentir la firmeza y el calor de la mía bajó los ojos y al levantarlos nuevamente alcancé a detectar cierto matiz tolerante que corroboraron sus palabras finales: “Los felicito. Se necesita mucho valor para hacer lo que hicieron”. Pienso que no fue un acto de valor. Fue simplemente una cuestión de humanidad.
José Álvarez. Miami
Respeto
No es sorpresa el hecho de que Nicaragua siga los pasos de Ecuador (influenciados por Venezuela) y decida romper relaciones con Colombia, pero lo que sí reclamo como colombiana es que en los discursos donde estos países justifican a su manera este hecho, afirmen que “no es contra el pueblo colombiano... sino contra su presidente, Álvaro Uribe Vélez”.
El señor Presidente fue reelegido democráticamente por los colombianos; por tanto pido respeto hacia la democracia, hacia él y por supuesto hacia el pueblo colombiano. Además, paradójicamente, en esta crisis diplomática, desde los opositores más fuertes del Gobierno hasta los más cercanos a él estamos unidos ante esta circunstancia, a lo mejor debido al dolor por Colombia que hemos tenido en los últimos 40 años. De esta manera me opongo a esos argumentos, y agradezco a medios de comunicación responsables como El Espectador, que permiten contar al mundo la crisis en la que vivimos los colombianos y hacen entender por qué ante una muerte algunos sentimos un alivio, y encontramos en las Fuerzas Armadas de Colombia un héroe al que agradecer.
Liliana Poveda Camargo. Bogotá.
La columna de Vásquez
Con respecto al artículo que escribió Juan Gabriel Vásquez hace ocho días, titulado “Castro y la literatura latinoamericana”, me gustaría decir que no sé si el señor Vásquez, quien aparentemente se presenta en su columna como un erudito de la literatura latinoamericana, comprendió la razón de ser de estos escritores y su obra y la razón de ser de la Revolución, la cual siempre tendió un manto protector hacia la cultura y las letras en Latinoamérica, pues qué más revolucionario que las letras como tal, las cuales se alzan desde las trincheras de las ideas y el pensamiento culto, civilizado e intelectualmente superior.
Seguramente el señor Vásquez nunca leyó a Cortázar cuando hablaba de la crítica desde afuera y desde adentro, en la cual podemos criticar desde afuera con gran facilidad y cinismo, pero es distinto hacerlo desde adentro viviendo y sintiendo lo que se siente reconstruir algo que está podrido y carcomido por intereses destructores y, esos sí, con un cariz de estalinismo.
Habla también de la novela La muerte de Artemio Cruz, pero no sé si la leería, puesto que esta novela nos muestra cómo con la muerte de Artemio Cruz muere la clase política corrupta mexicana, y también los intentos de carcomer a un pueblo entero por obra de un yugo explotador y fascista.
Ahora hablemos del caso Padilla, como es sabido Fuera del juego, publicado en 1968, mereció el Premio Nacional de Poesía, pero fue calificada de obra contrarrevolucionaria. ¿Injusto? Literariamente hablando sí, pero políticamente no, pues algo que no se puede permitir es un Gobierno que está emergiendo de la nada y con mucho esfuerzo y que estaba tendiendo la mano a personas como Heberto Padilla. Ahora, me parece que Padilla no fue precisamente un intelectual con pilares sólidos, pues después que fuera encarcelado y puesto en libertad, una vez hubo leído ante la sede de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba en 1971 su Autocrítica, ha podido usar las letras para seguir adelante; lo hizo por las calles de La Habana, pero inundado en alcohol y desempleado.
Las protestas que suscitó el caso son justas, pero este artículo no lo es. Si se va a hablar de literatura, qué bueno que se haga con responsabilidad y entusiasmo.
Alberto Gutiérrez Duarte. Bogotá.
