Desafiado por Trump, por la crisis de Venezuela y por el sonoro fracaso de la Paz Total, se obliga el presidente Petro a replantear su estrategia de paz y a reconstruir la histórica cooperación contra el narcotráfico en cita con el gringo dentro de dos semanas. Decisiones vitales hoy, cuando contingentes del ELN empezarán a regresar del santuario perdido con Maduro para reposicionarse agudizando la violencia en territorios como el Catatumbo, donde el grupo armado deberá responder por cien civiles muertos en sólo 2025. Se habló ya de lucha a dos manos entre Colombia y Estados Unidos contra el ELN, grupo que abreva también al narcotráfico. Petro lo considera “nuestro mayor factor de violencia, asesino de campesinos, 200 en el Catatumbo”. El viraje es elocuente, pues hace apenas mes y medio porfiaba en dialogar con el ELN, “les digo, hermanos —porque todos somos hermanos—, hagan la paz”. Y a una propuesta de acuerdo nacional del grupo armado meneada cuando oteó peligro, respondió: sin abandonar las economías ilícitas, el reclutamiento de menores y su dominio coercitivo de comunidades no habría negociación posible. Tres años y medio tuvieron que pasar para formular condiciones que debieron ventilarse desde el día uno de conversaciones.
Por su parte, insiste Iván Cepeda en reactivar la mesa con el ELN sin revisar el modelo de negociación. Y muchos se preguntarán si, pese a reconocer errores y ejecuciones infortunadas en la Paz Total, no daría alas el candidato a una descalificación prematura de la ofensiva que se gesta contra el grupo, otro blanco inescapable de la lucha contra el narcotráfico (según Jorge Mantilla, el ELN controla el 15 % de la coca que se consume en el mundo). Más aun, cabe preguntarse si la izquierda dogmática no usaría el pronunciamiento de Cepeda en Pasto contra el imperialismo para atacar el acuerdo posible con EE. UU. Y si, apoyándose en su noble búsqueda de una paz dialogada, no terminen otros por justificar la absurda deriva de identificar antimperialismo con defensa del ELN. Un grupo que hace décadas sacrificó su propuesta revolucionaria a negocios ilícitos y a la violación de derechos humanos.
A los desatinos de la Paz Total obedece en buena medida la arrogancia del ELN. Gloso apartes del diagnóstico descarnado del profesor Armando Borrero, para quien la Paz Total avanzó entre errores de diagnóstico, improvisación y debilitamiento del Estado frente a actores armados. “Pocas veces se ha asistido a un proceso político en el que todo se hace mal”, escribe. De entrada, se abandonaron las condiciones básicas de una negociación. Se olvidó la necesidad de presentarse como capaz de doblegar a la contraparte; antes bien, se debilitaron los recursos de fuerza: el Ejército y la Policía. Nunca se planteó la estrategia negociadora. Los ceses el fuego bilaterales resultaron ser unilaterales: quedó la Fuerza Pública maniatada y, los armados, en libertad de controlar territorio y población. Entre otros, el ELN se despolitizó. Con el ingreso de las guerrillas al narcotráfico, se enriquecieron y se olvidaron de la política. La moral revolucionaria se hundió en esa Babel de narcotráfico, secuestro y extorsión. Viudos de una revolución política, se incorporaron al crimen organizado transnacional.
Una nota descuella en el discurso antimperialista de Cepeda: busca reforzar en la izquierda su originaria identidad ideológica. Pero la historia suplantó hace tiempo ortodoxias doctrinarias por divisas de acción política y de cambio calibradas en la realidad. Como las de Sheinbaum en México, Lula en Brasil e incursiones de la democracia colombiana, que dijeron: contra el narcotráfico, apoyo financiero, cooperación operativa e intercambio de inteligencia entre Estados; pero jamás tropa extranjera en nuestro territorio. Alianzas sí, pero jamás injerencia del imperialismo.
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