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Cepeda: ¡a sacudirse rémoras!

Cristina de la Torre

09 de junio de 2026 - 12:05 a. m.

El triunfo de Cepeda en segunda vuelta depende, primero, de su renuncia categórica al proyecto de constituyente de Gustavo Petro; segundo, de la afirmación de su entidad como candidato, pisoteada por un presidente en campaña personal que, presa de megalomanía, viola sin pudor las normas de la democracia. Imposible erigirse en alternativa contra el rabioso militarismo, contra la economía retardataria que De la Espriella ofrece, con recursos autoritarios que desnaturalizan el sentir de la izquierda. Si la disyuntiva está entre democracia y autoritarismo, no puede jugarse a la idea de apelar a esa constituyente para implementar un Acuerdo Nacional. Es que, ya lo recordaba Humberto de la Calle hace tres meses: el Pacto Histórico acude a un “contragolpe de Estado […] al modelo del fascismo italiano, del franquismo español y de la constituyente estamentaria criolla de Laureano Gómez. [El remedio] anula al Congreso en favor de un soberano omnímodo”.

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La suplantación de Cepeda por el presidente en la campaña ofende la dignidad y la prestancia del candidato. Y explicaría en parte el resultado de primera vuelta: cuánto pesó en los electores el balance de un Gobierno que, pese a haber dado nueva voz a los excluidos, resultó tan estéril y pobre en resultados. Tan irresponsable frente a la crisis de salud, tan equivocado en paz y seguridad, tan complacido de navegar en una corrupción desbordada, tan dado al abuso de poder y olímpico para brincarse la democracia liberal.

La constituyente en ciernes, ahora en pausa por táctica electoral, no es cosa de poca monta. Esta desvaloriza el voto de la oposición, anula el desacuerdo y el pluralismo, y le niega al ciudadano el principio liberal de representación política. La asamblea tendría 71 delegados: 44 elegidos por votación universal y el resto de la representación se entregaría a “los pueblos” por graciosa concesión del presidente. Sería él quien definiera requisitos de los delegados, de cada grupo y el procedimiento interno para configurar listas. Todo un aparato al servicio del caudillo, dirá De la Calle. Se sabe que receta del fascismo contra la democracia constitucional es el corporativismo dirigista del Estado autocrático bajo la égida del caudillo. En 1939, presidió Mussolini en Roma la suplantación de la Cámara de diputados por la Cámara de los fascios y las corporaciones, que presumía de avanzada popular. Manes de un régimen de fuerza que, oh, sorpresa, quisiera ensayar aquí alguna izquierda extraviada.

Aunque ya De la Espriella se adelanta, cerrado el puño, con su involución a los horrores de la Seguridad Democrática adobada con Bukele, Trump y Milei. Anuncia el candidato Fuerzas Armadas en Acción político-militar con decenas de miles de reservistas y brigadas de civiles para guardar el orden y la seguridad. ¿No fue esta la fórmula de las Convivir y su deslizamiento hacia el paramilitarismo? Con el fin de “equilibrar” recursos públicos, suprimirá 40 % del Estado para dejarle toda la cancha al mercado. Suprimirá controles al capital privado e impuestos a los ricos. Y, por supuesto, aquello de destripar a la izquierda puede no ser un simple efectismo de propaganda. Ya lo advertía Iván Cepeda: “El programa de De la Espriella es una amenaza para los fundamentos democráticos de la nación; es una propuesta autoritaria en lo político y regresiva en lo económico y social”.

Más allá de la buena fe que pueda animar a Petro –o de querer eternizarse como adalid de la oposición por encima de su partido, de su candidato y de los millones de colombianos que no pierden la esperanza–, la subordinación de Iván Cepeda al jefe resulta nefasta en esta hora crucial. No se juega aquí el prestigio de un caudillo sino el reto de neutralizar, desde la democracia, una amenaza de autocracia. Y empieza por sacudirse en casa la rémora del jefe y su constituyente.

cristinadelatorre.com.co

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