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Como si no le bastara a Colombia con su piélago de violencias e inequidades, otra calamidad podrá sobrevenirle con estas elecciones: el eventual desfallecimiento de la democracia liberal a manos de los autoritarismos de izquierda y de derecha que hoy se disputan el poder. No les será fácil, pues figuras probadas en mil batallas por la democracia, como Claudia López, ofrecen resistencia a esta inusitada convergencia de las extremas. Pero los jefes –Uribe y Petro– se pavonean en el teatro de la confrontación y, vengativos incontinentes, en nombre del pueblo que presumen encarnar, podrán reincidir en tropelías de caudillo que se ríe de libertades y derechos, de la oposición, de la prensa libre, de la independencia de los poderes públicos, de la periódica rotación en el poder. Manes de populismos que fueran tantas veces antesala de autocracias.
Discípulos aconductados de su mentor, los candidatos de la derecha ofrecen volver a la noche oscura de la Seguridad Democrática. Paloma y Abelardo retomarían el modelo que dejó 10 millones de víctimas, una sangrienta contrarreforma agraria, decenas de parapolíticos integrados al Gobierno de los 90 y 6.402 falsos positivos. Por su parte, Iván Cepeda despliega silencios y ambigüedad. Se la juega por las reformas sociales del Gobierno y por la masa oprimida en esta sociedad de jerarquías pétreas; por vez primera se da aquella nombre de partido y sabe que la pobreza no es destino ineluctable. Una revolución. Mas allí donde queda Petro en entredicho por su abierto desafío a la democracia, Cepeda calla. Sobre la convocatoria de una constituyente corporativista a la manera de Oliveira Salazar y de Laureano Gómez dirá sí, no, quizá. De ser elegido presidente, ¿obedecerá al jefe o a su criterio personal? ¿Porfiará en la Paz Total convertida en trampolín de dictaduras del crimen organizado?
Desde la contraparte, no inhibe Claudia López su crítica al sello autoritario del petrismo y el uribismo. Con la estatura política que le da el haber gobernado e investigado realidades que pocos se atrevían a abordar, se yergue ella como candidata libre de tenaza patriarcal. Elegida alcaldesa de Bogotá, la pandemia la convirtió en presidenta del país para torear la emergencia de salud. Se lució. No alivió la inseguridad en la ciudad, pero en educación, empleo y cuidado de la mujer dejó huella.
Fue López la primera en encarar la historia de violencia, mafia y política desde los años 90 hasta 2009 como captura y reconfiguración del Estado. Un tercio de los alcaldes, gobernadores y congresistas de aquella última década pudo ser obra del narcoparamilitarismo. Con ese lastre carga el país. En Adiós a las Farc López recorre nueve procesos de paz; unos gobiernos adjudicaron el conflicto a la pobreza, otros a la falta de legitimidad del Estado, otros lo negaron para reducirlo a amenaza terrorista. Pero todos terminaron por combinar formas de lucha: clientelismo con descentralización, uso legítimo de la fuerza con paramilitarismo, modernización con corrupción, revolución insurgente con narcotráfico, democratización con violencia. Invitaba a “dejar de decidir la paz y el posconflicto por ensayo y error”. Su libro aparece a punto del Acuerdo de La Habana; no alcanzó a registrar estos diez años desde el logro estelar de 2016, herido ya por falta de implementación y por el caos de la Paz Total.
Dos factores parecen decisivos hoy en la preservación de nuestra democracia: el respeto a las instituciones del Estado social de derecho y el abordaje de la paz como política de Estado que trascienda intereses de caudillo, de partido o de gobierno. En uno y otro terreno muestra López la solvencia, la experiencia de gobierno y el criterio que a sus adversarios les falta. En momento tan dramático de la nación, debería ser ella la elegida presidenta. Si no ahora, en 2030.
