¿Y a qué horas pasó esto?, se pregunta la candidata en entrevista con Daniel Coronell, que me permito glosar. El que abusaba del poder, dice, el que nadaba en corrupción, el que desafiaba a los jueces, se atornillaba en la presidencia torciendo la Constitución y no creía en el Estado de derecho era Uribe, y ahora tenemos que rechazar el mismo proceder en Petro: este repite la dosis y busca constituyente para hacerse reelegir. Simbiosis que funde a contrarios en un mismo haz autoritario desde orillas opuestas, se diría, apenas disimulado por el griterío de una campaña de odio donde unos invitan a encarcelar a Uribe, y otros azuzan al mono del Norte para que le caiga a Petro. Tanta brega contra el conflicto armado, apunta López, para batirse ahora no a fusilazos sino a carcelazos. ¿Y las prioridades de la gente?
Comprobado. Nuestros adalides políticos irrespetan la ley y la separación de poderes. Más de una vez ha desacatado Petro órdenes judiciales, chantajeado al Congreso, hostilizado a la Fiscalía y a los órganos de control. Fuera de sus cabales, acaba de amenazar a alcaldes y gobernadores con destitución y prisión si no ejecutan su voluntad. Cohonesta por indiferencia la corrupción desaforada de su Gobierno y abusa del poder: financia con fondos públicos a la tropa digital de la Casa de Nariño que, pese a fallo en contra del Consejo de Estado, hace campaña a su candidato, y monopoliza con idéntico fin la televisión pública. Convierte el órgano de inteligencia estratégica del Estado en policía política al servicio del primer mandatario y de su interés político. Como hizo Uribe con el DAS.
Les reconoce Claudia méritos como parlamentarios a Cepeda y a Paloma. Al primero la acerca su defensa de la paz y de la igualdad; a la segunda, su reivindicación de la democracia liberal y el combate a la corrupción. Pero señala también hondas diferencias sobre el proyecto político que ellos representan. Sobre todo porque, de triunfar ellos, no se sabría quién va a gobernar ni para qué. Es que Paloma no sería Paloma sin los votos de Uribe, ni Cepeda sería Cepeda sin los de Petro. “Mi condición es otra: no soy nieta de presidente ni sucesora de presidente. Yo estoy aquí gracias al trabajo y al esfuerzo propio, no por usufructo de cuna o apellido. Me dedico al servicio público para que la vida de los colombianos no dependa de ese azar. Yo ya ejercí el poder: no abusé de él ni me vendí ni me corrompí. No vengan, pues, a decirme que sin corrupción no hay gobierno posible”.
Traigamos un paralelo aleccionador: el DAS del Gobierno Uribe convirtió la seguridad estratégica del Estado en policía política al servicio del gobernante. Espió y persiguió a la Corte Suprema, a la oposición, a periodistas, defensores de Derechos Humanos y favoreció al paramilitarismo. La Agencia Nacional de Inteligencia de Petro dibuja trayectoria semejante, como servicio secreto del presidente. Él mismo declaró haberse enterado de chuzadas a De la Espriella por informes de inteligencia, no por orden judicial. Hubo en la DNI infiltración de la disidencia criminal de Calarcá, a quien se proyectaría suministrar información militar reservada. Declaró el coronel Jorge Mora que esta se encuentra “totalmente politizada y desmarcada del profesionalismo”.
Concluye López: a Petro no le marcho hoy por las mismas razones por las que no le marché a Uribe. Y así lo entiende la gente. Pero, agobiada por el radicalismo manipulador de extremismos encontrados, tiene miedo. Yo no acepto el implícito de que a fuer de una oferta de justicia social tengo que aceptar la corrupción, el caudillismo y el abuso de poder. Ni acepto la presunción institucionalista de la derecha a la hora de nona, después de que le torcieron el cuello a la Carta, compraron el Congreso, chuzaron a la Corte y se ensañaron en la oposición. No son ovejitas inofensivas.
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