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Por dos caminos regresa el fascismo al continente. Uno, por la ancha avenida pedregosa que da paso a un Trump, déspota vociferante, atropellador. Dos, por senderos perfumados de flores carnívoras que al primer contacto pelan sus fauces. En el primero se agita el mazo prehistórico; en el segundo se van minando las conquistas de la convivencia civilizada, el mazo prehistórico en la mira, pero vestido de caudillo populista. Y ambos trayectos conducen al autoritarismo como alternativa a la democracia liberal.
Quiero tomarme a Cuba, hacer lo que yo quiera de ese paisito fallido, dijo Trump, para montar allí el negocio inmobiliario que querrá construir también en Gaza, sobre los cadáveres del genocidio. Y, claro, para acabar de aislar a la isla, de matarla por hambre con un bloqueo reforzado con escudo militar de 17 gobiernos supérstites en la región. Escudo que le permitirá además rediseñar la geopolítica del continente. Cercado por Trump y por el régimen, consumará el pueblo de Cuba su tragedia: saltar del sátrapa Batista al dictador castrista y, ahora, al tirano invasor.
Por su parte, en la modalidad que Humberto de la Calle llama “microdemolición de la democracia” (El Espectador, 3-15) descuellan los violadores de las reglas que forjaron la democracia liberal: Perón y Milei, Chávez y Maduro, Fujimori, Bolsonaro, Bukele, Petro. No accedieron ellos al mando por golpe de mano sino atropellando las instituciones que los elevaron al poder: la división de poderes, el respeto a la legalidad, el pluralismo. Buscaron el poder arbitrario, enseña del autoritarismo: escamotearon los controles institucionales al gobierno, persiguieron a la oposición, sacralizaron a la persona del caudillo como vocero único del pueblo. En palabras de De la Calle, estos autoritarismos se van a veces contra el pueblo; pero otras lo favorecen, “a cambio de lealtades silenciosas mientras terminan de devorar el poder”.
Uribe —otra pieza del combo autoritario— convoca referendo para reelegirse y cerrar el Congreso; y Petro promueve una Constituyente corporativista que solo representa a sus seguidores y cambia toda la Constitución del 91, modelo de democracia. La convocatoria respondería al “bloqueo institucional” que se habría cebado en este Gobierno —coartada para desconocer la discrepancia política y la independencia del Congreso—. El proyecto entrega al presidente facultades extraordinarias para dictar normas con fuerza de ley que definan requisitos de los delegatarios y mecanismos para presentar candidatos. Una constituyente hecha a la medida del convocante para afianzar su poder. Manes de toda autocracia que así pervierte el mecanismo democrático.
Pero Iván Cepeda no se ve en el espejo de la personalidad del presidente ni en todas las ejecutorias de su Gobierno. Defiende las reformas sociales y se propone profundizarlas. Su liderazgo, forjado en la defensa de la legalidad, de las víctimas y de los derechos humanos, responde más a una conciencia ética que a apetitos de líder ávido de poder personal. Aspira a un gobierno de coalición erigido sobre reformas socialdemócratas y lucha contra la macrocorrupción. “No soy partidario a ultranza de la Constituyente. Lo que se requiere es un diálogo que nos conduzca al acuerdo nacional”, para responder a los graves problemas del país. Se trata, ante todo, de lograr un acuerdo y un consenso.
Lejos anda también del atrabiliario Trump. Y del dictador de Cuba, Díaz-Canel, que a protestas por libertades y derechos respondió en 2021 con el terror. Convocó “a los revolucionarios” y a los uniformados a “defender en las calles la revolución […] La orden de combate está dada”. Y el Congreso aprobó “pena de muerte por sedición”, el delito tipificado en la protesta. Nuestros demócratas deben saber si en el dilema democracia o autoritarismo, su candidato —Claudia López o Iván Cepeda— optará por la primera. No más egócratas.
