Una cosa es la inversión extranjera directa, con salvaguardas económicas y garantías de ley, de la cual se ufana el presidente izquierdista Lula, del Brasil; otra, su antípoda, el renacido modelo neocolonial de Estados Unidos que saquea los recursos naturales de América Latina e impone su dominio militar. El asalto a la quinta parte del crudo de Venezuela al que se allana, por encima del Congreso, una presidenta ilegítima, hipoteca al país: entrega ella esta riqueza por un siglo, sin costo fiscal para Washington que, además, podrá comprar la producción a precio de costo.
Y un siglo lleva la potencia del Norte incursionando en su “patio trasero”, con la complacencia de dictadores supérstites que se suman por una mordida a campañas de pánico contra el comunismo, contra el narcoterrorismo —que incluye a todo librepensador—, contra la diversidad sexual, contra el ateísmo, contra los “antifa” (antifascistas); eficacísimos señuelos que barnizan el negocio. Que el chavismo terminara al servicio del imperio es la excepción que confirma la regla. Pero al primer amago levantisco, caerá Rodríguez en desgracia. Entre tanto, bien afirmados quedan los pilares del modelo: usurpación de la riqueza venezolana y, en Colombia y Ecuador, acción militar conjunta en el suelo patrio, consistente con el Escudo de las Américas. Y el lazo que los une: la ofensiva en ciernes de nuestro gobierno contra el ELN servirá al negocio de Trump en el país vecino, pues el grupo armado merodea aquellos campos de petróleo.
En humillante suplantación de nuestro presidente, fue el secretario de Guerra de EE. UU. quien anunció operaciones de ambos ejércitos en territorio de Colombia contra el narcoterrorismo. Aunque la presencia o tránsito de tropas extranjeras en el país depende del Senado, la acción marcha rauda en terreno: esta semana vino el jefe del Comando Sur de EE. UU., el general Donovan, para lanzar la cooperación militar acordada con Colombia. Hay ya agenda conjunta. Se instalarán en Tumaco radares para detectar embarcaciones de supuestos narcotraficantes, y atacar. Van a la fecha 227 ejecuciones extrajudiciales. Pero la vigilancia marítima escala a acción militar tripartita de EE. UU., Colombia, Ecuador y, con el arribo de Marco Rubio, quizá también Perú. El Escudo de las Américas no es una sigla pintada en la pared.
Acciones poco románticas, pero vendidas por el discurso apocalíptico de los elegidos de Dios. Su propaganda, viejo pastiche de la espada y la cruz, gradúa de comunista a todo el que no rime con los negocios de Trump. Stephen Miller exclama: “¡Somos la tormenta! Prevaleceremos sobre las fuerzas del mal… el comunismo es el enemigo… La luz vencerá a las tinieblas [porque] estamos del lado de Dios”. Marco Rubio propuso el 16 de julio una alianza internacional “contra el resurgimiento del terrorismo de izquierda (anarquistas y antifascistas incluidos); hay que neutralizarlos…”. Y Trump aclaró el significado de neutralizar: “Si les hacen daño a los estadounidenses, los matamos”.
La dramática cesión de soberanía de Venezuela responde a la estrategia de seguridad de EE. UU. 2025, al renacimiento de la doctrina Monroe: “América para los americanos”. Para Clara López Obregón, el nuevo orden mundial se disputa en América. “Sin igualdad soberana entre países —escribe—, el multilateralismo se vacía; sin derechos humanos ni control civil, la seguridad degenera en represión; y cuando las relaciones internacionales se organizan en zonas de influencia, la paz corre el riesgo de convertirse en obediencia […]. La seguridad no puede volver a ser el nombre amable de la guerra. Enfrentar el crimen organizado exige cooperación judicial, policial y financiera, pero siempre dentro del Estado de derecho, el control civil y el respeto de los derechos humanos”. Dijéramos que nunca más bajo la figura de “banana republic”.
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