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En la primera vuelta, los grandes derrotados son Uribe y Petro. El expresidente, porque pierde la jefatura monolítica de la derecha y ahora debe compartirla con Abelardo de la Espriella; porque es primera vez en un cuarto de siglo que una candidata suya sufre la derrota; porque es el nuevo jefe quien protagoniza el timonazo hacia un límite extremo de su opción política, entre vítores de la multitud (Claudia López advierte que Colombia podrá perder su democracia); y porque, mientras el Centro Democrático pierde electores de la base social, el abogado gana pueblo a raudales. Petro, por su parte, pierde poder y prestigio al comprobarse que su popularidad no bastaba como único, mágico soporte de la candidatura de Cepeda. Autocomplacencia herida, que tampoco le permite reconocer desastres catedralicios de su Gobierno en salud, seguridad y corrupción; fardos de plomo que recaen sobre los hombros del silente candidato.
A diferencia de toda la región, Colombia ensaya por primera vez la alternación de izquierda y derecha en el poder. Enhorabuena. Se ufana ahora el pueblo colombiano de sentirse integrado en un partido con ideas y programas suyos, con capacidad de organización, de representación, de lucha y con vocación de poder. Pero caudillos, candidatos y prosélitos transforman la emulación política propia de la democracia en cruzada contra herejes, hasta reducir la escena de la política a campo de batalla de suma cero: la supervivencia del uno depende de la desaparición del otro. Manes de nuestra política tan emparentada con la religión, siempre al límite de la guerra santa, exacerbados por la provocación incesante de los jefes a izquierda y derecha. Como si no midieran el alcance de su palabra, tantas veces disparador de violencia. O de guerra civil. Como en tiempos de la Violencia.
En esta campaña cobra el fenómeno sus más temibles ribetes. En abierto desafío a las instituciones de la democracia, el presidente Petro —que ha cubierto de oprobios a sus adversarios— y su candidato desconocen el resultado electoral. Entonces De la Espriella declara que estará “al frente de esta batalla (para) hacerme matar si es necesario (…) sería la batalla final por la Colombia milagro: defenderemos nuestro triunfo por la razón o por la fuerza”. Uribe adhiere a la candidatura de su amigo, el abogado, porque “Colombia no puede convertirse en sucursal del chavismo, de Petro y Cepeda”, apoyado éste por los grupos terroristas.
Con todo, se ha producido un hecho trascendental: Cepeda anuncia que, de ganar, nombraría a Iván Velásquez jefe del Sistema Nacional Anticorrupción. Velásquez, el valiente que barrió en Guatemala la podredumbre del poder en funciones y, en Colombia, la colonización del Congreso por la parapolítica, ofrece las mejores credenciales para el cargo. Resultado de su trabajo en el país centroamericano, terminaron en prisión el presidente Pérez Molina, su vicepresidenta, siete ministros y 50 diputados. En Colombia, 60 congresistas por complicidad con el paramilitarismo.
Digamos que el Sistema propuesto debería resolverse por fuerza como política de Estado que comprometa la voluntad de todos, pues la corrupción es el sistema. En particular en este Gobierno. Si algún punto de partida hubiera para concertar el Acuerdo Nacional que con tanto ahínco persigue Cepeda sería éste de la lucha contra la corrupción. Más allá del programa de gobierno de turno, del particular amparo a sus seguidores, el pacto deberá responder al mandato democrático de que se gobierna para todos, y con todos se atacan los disparadores de la crisis.
Ojalá no corrompa Petro tan loable propósito degradándolo a distractor de su constituyente, concebida para horadar la democracia y perpetuarse en el poder. ¿No es hora de que Cepeda rompa amarras y navegue con su propio timón? ¿No es la hora del ocaso de los dioses?
Cristinadelatorre.com.co
