La mayor traición del cristianismo a Jesús es la alianza entre el trono y el altar, la identificación del poder político con el poder religioso. Esto sostiene en El País el teólogo español Juan José Tamayo, eterno perseguido de la Iglesia de su país y del Vaticano por sus 50 libros de teología concebida como “teoría crítica de la religión y fuerza de lucha contra la injusticia”. Con la visita del papa León a Francia esta semana, se despabiló la controversia ideológica que venía adormilada. Habla Tamayo de complicidad entre la extrema derecha y los cristianos fundamentalistas de la iglesia Evangélica protestante con el integrismo católico, hoy acompasados en la trinidad Dios-patria-familia. Fue perseguido por Ratzinger cuando este oficiaba como censor en la nueva Inquisición que pasaba por Congregación de la Doctrina de la Fe, en represalia por las críticas del teólogo a la canonización de Escrivá de Balaguer, mentor del Opus Dei, y por sostener que a Jesús lo crucificaron por subversivo. Nada tendría qué ver este Jesús, amparo de los oprimidos, con el cristianismo que le siguió, ni relación alguna entre la vida de Jesús y la de los jerarcas, ni con la incompatibilidad entre Dios y la riqueza.
Dirá Tamayo que en los pontificados de Juan Pablo y Benedicto abundaron condenas contra teólogos afectos a los pobres y ninguna contra amigos de los ricos. Sí. Durante 30 años campearon en el Vaticano el oscurantismo, la corrupción y extremismos de derecha, hasta sumir a la Iglesia en letal crisis de credibilidad. Pese a súplicas de muchos, Juan Pablo desprotegió a monseñor Romero, obispo de El Salvador y, cuando lo asesinaron en plena misa de un disparo en el corazón, el papa miró para otro lado. Para el lado de su protegido, el obispo Marcial Maciel, violador de cientos de niños, sus hijos comprendidos. En pasmoso acto de legitimación religiosa de su dictadura se abrazó el pontífice con Pinochet. En 1972 apoyó la contrarreforma a la doctrina de opción social por los pobres, la revolución humanística de Juan XXIII. A León le precede un largo periplo de rupturas congeladas: entre el Vaticano II, el Celam en 1968, su abandono en 1972 y el rescate de algún aire de Juan XXIII con Francisco.
Contra el sacrificio de miles de sacerdotes fieles a la doctrina de Jesús, renació de sus cenizas la Inquisición armada de guadaña, para hundirse en la carne de la mujer, en la carne de los cristianos que vieron en la humanidad de Jesús su grandeza. No floreció la Inquisición sólo en la Iglesia Católica, fue patrimonio también de evangélicos: de Calvino, para aplastar al disidente e implantar un régimen de terror en olor de religión, que tiranizó la vida de los asociados. Inauguró el gobernante de Ginebra la quema de libros al canto del hereje en la pira, práctica que heredaron todos los censores que en la historia han sido: Robespierre, Stalin, Hitler, Franco, Pio Nono, Videla. Para Calvino, la libertad de conciencia es doctrina del demonio y sus mentores deben morir. Su catecismo es a un tiempo pauta de fe y ley orgánica de Estado. Para Castellio, antagonista de Calvino en la obra de Stefan Zweig, cuando un credo se hace con el poder del Estado pone en marcha la máquina del terror.
Recuerda el columnista Santiago Vargas qué gran innovación de la modernidad fue el nacimiento de la democracia liberal, que trajo la libertad de cultos y legitimó la lucha por los derechos civiles de las mujeres, de las minorías sexuales y raciales. Su fundamento, el viraje de la tradición a la razón y a la libertad. Se pasa del Estado confesional al Estado laico y pluralista. Se diría que el poder político necesita legitimación sagrada. Remata nuestro teólogo Tamayo asegurando que Netanyahu y Trump son los teólogos del neofascismo que hacen una interpretación belicista de la Biblia hebrea y de la Biblia cristiana. Su república autoritaria religiosa transforma el trono en altar.