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Ad portas de elecciones, el griterío del Gobierno y la oposición siembra en la opinión una disyuntiva fatal: el caos o el paraíso. La verdad es que Colombia, campeón del conservadurismo en la región, apenas ha mordido el pan comido en el vecindario: la alternación de izquierda y derecha en el poder. A Gustavo Petro le cabe el mérito de haber roto el monopolio de élites que hicieron del país su heredad particular y, de toda oposición, el enemigo interno. También demostró Petro que al cambio podía llegarse por las urnas, no por la insurrección armada, mito fundacional defenestrado con el muro de Berlín. Hoy se define la izquierda por la reforma, no por la revolución. Y sus opciones de cambio navegan entre la socialdemocracia y el populismo. Sin sangre en la arena, sin dictadura del proletariado, enfrenta nuestra izquierda el desafío de inventar doctrina y programa para un país de turbamulta de excluidos, desigualdades sin par, violencia y mucha vieja guerrilla trocada en banda armada del narcotráfico y del crimen. Como la de un Calarcá que asesinó esta semana 26 personas a quemarropa.
Colombia es el único país del continente que conservó guerrillas marxistas varias décadas después de que éstas se hubieran desmovilizado por doquier. Durante 50 años se vio la izquierda democrática acorralada, no sólo por una ultraderecha acostumbrada a prevalecer a bala, sino por la propia izquierda armada que en su cerril prepotencia degradó por “cobarde” a todo disidente sin fusil, para coronarse como mando único de la revolución. A esta inesperada causa de la debilidad de la izquierda legal, de su marginamiento del poder, se sumó la táctica de combinar todas las formas de lucha, legales e ilegales, que facilitó a su pesar horrores como el genocidio de la Unión Patriótica.
La izquierda legal se debate hoy entre dos corrientes cada vez menos amistosas: por un lado, la versión tradicional, proclive a brincarse la ley, que Petro encarna (y quizá también Cepeda), moviliza al pueblo contra una oligarquía “rapaz” a la que Petro llama “élite que se apropia del país, lo empobrece, vive sin producir” y es subsidiada por el Estado. Esclavista, había dicho. De otro lado, una versión republicana de la izquierda, menos inclinada al referente “pueblo” que al de “ciudadano”, se ciñe a las instituciones de la democracia liberal, propende a la redistribución mediante acuerdos de economía mixta, al fortalecimiento del Estado como hacedor de la política social y moderador del libre mercado. De esta corriente, protagonizaron el despegue del gobierno José Antonio Ocampo, Jorge Iván González y Cecilia López; pero se adoptó después el gobierno de partido. Brilla en su versión populista el personalismo melodramático del presidente, discípulo aventajado del caudillismo latinoamericano. Como Uribe.
Para el analista Iván Garzón, en torno a dos ejes gravita hoy la propuesta de la izquierda. Uno, erradicar o moderar las desigualdades sociales y, dos, devolver al Estado su papel regulador del mercado. Mas tono y proyecto no son unívocos. Mientras la izquierda tradicional magnifica al pueblo y aboga por la democracia directa, la socialdemócrata es gradualista, respeta la norma y busca el cambio mediante el consenso. Pero ambas profesan una convicción rotunda: ningún cambio llegará por la violencia. Barricadas de la revuelta, señala, son la justicia fiscal, el Estado emprendedor y la no violencia. Su divisa, profundizar el Estado de Bienestar hacia un socialismo democrático, descentralizado, mestizo y feminista.
La izquierda podrá ganar estas elecciones, entre otras, por la torpe propuesta de la derecha: reivindicar el pasado que precisamente catapultó la victoria de Petro. O las pierden ambos extremos si Fajardo y Claudia López se alían para aglutinar el 44 % del país, que se declara de centro.
Cristinadelatorre.com.co
