En batalla de las derechas por la hegemonía en esa corriente política, tal vez halló Enrique Gómez la sindicación que le resultaba más hiriente contra Álvaro Uribe: socialdemócrata, lo llamó. Y entrado en la comedia de equivocaciones, el Centro Democrático replicó con indignación proporcional a la “ofensa”. Manes del conservadurismo más duro, que ya hiberna en los meandros del dogma, del privilegio y la guerra, ya afloja clavijas para renacer como antípoda de la socialdemocracia, vanguardia del capitalismo social. Es el modelo del progresismo que alterna Estado social con economía de mercado en pos del desarrollo con equidad, de la igualdad, de las libertades y derechos, de la democracia pluralista, del ambiente. Probada en mil gobiernos, tras la guerra instauró en Europa el Estado de bienestar, con pleno empleo y niveles de prosperidad desconocidos. En América Latina, por medio de la Cepal, la socialdemocracia fue promotora del desarrollo. Ruta de la administración Lleras Restrepo, lo fue también del Plan de Desarrollo que —de igual envergadura estratégica— creó Jorge Iván González en el gobierno de Gustavo Petro. Pero el presidente, presa de otros afanes, engavetó la maravilla.
“Era como el sueño de un pensamiento socialdemócrata para sentar las bases de la transformación estructural del país, de lo que Colombia debía ser en 20 años”, acota su autor. Una mirada estratégica del país soñado, eje de un nuevo contrato social para capear injusticias y exclusiones, terminar la guerra y transformar el modelo productivo. Apunta al ordenamiento del territorio alrededor del agua, a la seguridad humana y la justicia social, a la interacción campo-ciudad, al derecho de todos a la alimentación. Recupera la planeación concertada con gremios, sindicatos y comunidades en las regiones. Y devuelve al Estado la dirección general de la economía.
Ya Carlos Lleras había depurado el Estado social moderno e introducido la planeación del desarrollo alrededor de la industrialización por sustitución de importaciones y de la reforma agraria. A él entregó Lleras la iniciativa en política económica y social y la necesaria capacidad de intervención; pero siempre de la mano del sector privado, al que garantiza libertad de empresa y de iniciativa, dentro de los límites del bien común. Pero el Estado interviene en la producción, distribución y consumo de los bienes y servicios públicos y privados para racionalizar y planificar la economía con miras al desarrollo integral.
La contraofensiva debutó con el desmonte de la reforma agraria en 1972, y escaló a envolvente con César Gaviria, que entronizó el modelo de súbita apertura económica, privatización de funciones económicas y sociales del Estado y preeminencia desbordada del sector financiero. La apertura desindustrializó en Colombia y debilitó su agricultura: miles de empresas murieron, y terminamos importando maíz. Se involucionó a la sola exportación de productos primarios y a la importación masiva de productos acabados. Volvimos al capitalismo primigenio y a la hiperconcentración de la riqueza. El estallido social mostró que el modelo hacía agua y urgió el cambio.
Con esta realidad se topó Gustavo Petro. Pese a logros de su Gobierno, con el entierro del Plan de Desarrollo desapareció la gran ilusión del cambio: todo fue ahora agitación y propaganda de un hombre encandilado por su propio verbo y, más tarde, dizque en “resistencia” al nuevo gobierno. Pero sin contrapropuesta, la oposición es un decir. Si la izquierda democrática aspira a seguir vigente, tendrá que reinventarse. Recuperar su ideario, vencer el pernicioso caudillismo, atreverse lealmente a la autocrítica y erigirse sin vacilar en alternativa de poder. Con organización, con plataforma de ideas, con programa definido de gobierno como alternativa al que rige. Y esa opción ya existe: es la versión socialdemócrata del desarrollo que Petro engavetó. ¡A desenterrarla!
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