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Otra vez, la Guerra Fría en llamas

Cristina de la Torre

28 de julio de 2026 - 12:10 a. m.

Renace de entre los escombros cuarentones del muro de Berlín la lucha contra el comunismo, con enemigo interno refaccionado como terrorista para que encaje en el modelo de seguridad que sirve al apetito hegemónico de Donald Trump. La Guerra Fría que en los años 50 convirtió Estados Unidos en terror contra sus propios nacionales y exportó a la América Latina reaparece como lucha contra la “extrema izquierda” para reactivar la intervención de ese país en su patio trasero, ahora moldeado en “escudo de las Américas”, ¡con sede en Medellín! Trump coopta a las derechas del continente en la guerra de mostrar –contra el crimen organizado concebido como conflicto armado–, pero apunta, como es tradición en esa potencia, a transformar la cooperación en supeditación política, económica y militar a la estrella polar. Si por comunista se tuvo a todo el que discrepaba del régimen (sindicalista, socialdemócrata, liberal, iconoclasta, homosexual, pensador o artista), la lista suma ahora al inmigrante de sospechoso color de piel. Y en nuestro país, todo reclamo igualitario, toda protesta, podrá enfrentarse ahora como terrorismo, con las armas del terrorismo de Estado. Si los acuerdos con el nuevo gobierno de Colombia fructifican.

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Declara el Departamento de Estado que con el presidente electo de Colombia se reactiva la colaboración recíproca mediante un Plan Patriota 2.0, estrategia compartida de control territorial llamada a restablecer nuestra capacidad militar y de inteligencia, y un nuevo programa de entrenamiento conjunto. El gobierno de Estados Unidos adaptaría la estrategia al nuevo contexto de la región y a las prioridades de esa potencia. Pero la ofensiva militar del gobierno Uribe contra las FARC sería el referente obligado. Con sus logros en terreno, aunque también con un cúmulo abrumador de violación de derechos humanos (como las 6.402 ejecuciones extrajudiciales) que pone en entredicho la legitimidad de un modelo de seguridad militarizada y sin controles.

A aquella estrategia, en los prolegómenos, alude la analista Daniela Gómez, para apuntar que disminuyó el secuestro, recuperó el tránsito por las carreteras y restableció confianza en la inversión. Pero la militarización y la alianza de algunos uniformados con autodefensas derivaron en falsos positivos, desaparición forzada, desplazamiento y detenciones arbitrarias. Durante el Plan Campaña Patriótica, de 16.000 capturados sólo a 263 se les habría probado vínculo con grupo armado. Estos precedentes y la predilección de Trump por la guerra sucia alertan para no precipitar acuerdos de cooperación militar. Más aun, si ya en casa tres gobiernos recientes acusan resultados ominosos en seguridad: con tortura uno, con falsos positivos otro, con manifestantes abaleados un tercero.

La seguridad de la Guerra Fría mostró desde la cuna sus excesos y deformaciones. Nacida en la segunda posguerra en respuesta a la expansión del comunismo, fue el senador McCarthy voz cantante del pánico que poseyó a su gobierno. Todo contestatario fue arrojado al saco del comunismo maldito. Casi natural resultó aquella cruzada contra el Mal en el país que perfeccionó la democracia, pero nunca se sacudió la marca de los primeros colonos que instalaron una teocracia sanguinaria. Hacia 1954, cientos de organizaciones civiles integraban la lista negra de réprobos, comunistas comeniños. Entre ellas, el Centro Cultural Chopin, el Comité de Defensa de la Constitución, la Liga de Escritores Americanos. La mar de escritores, académicos y científicos sufrió persecución y cárcel, hasta el crimen que la historia no perdona: acusados de espionaje y traición, pese a las súplicas de Einstein, de Sartre y Picasso, los esposos Rosenberg fueron ejecutados en la silla eléctrica. Es la Guerra Fría que Trump nos vende ahora para que la media Colombia que votó por el cambio pueda ser catalogada como terrorista.

Cristinadelatorre.com.co

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