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Petro: destape en el adiós

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Cristina de la Torre
04 de agosto de 2026 - 05:08 a. m.
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Funesta coincidencia. Mientras Daniel Ortega erige a Nicaragua en la última satrapía de América Latina, el presidente Petro cierra su Gobierno mancillando con escándalos de corrupción la dignidad del cargo. El centroamericano traiciona sin dolor el ideal revolucionario que lo elevó al poder, para dar nueva vida al arquetipo de la tiranía de Somoza que aquel había ayudado a derrocar. El colombiano, por su parte, malogra esperanzas que el pueblo y la izquierda habían puesto en el primer mandato audazmente reformista de este país. Dio pábulo, sí, a la voz de los nadie; mas, para el monumento que ofreció, modesta resultó su obra de gobierno. Y le faltó entereza para frenar la venalidad en su Gobierno. A diferencia del mando de Ortega, no hubo en el de Petro represión política, ni Estado policivo, ni masacre de 300 personas y miles de heridos en protesta de 2018, ni desterró a mares de disidentes y les arrebató su nacionalidad, ni canceló elecciones y prohibió partidos independientes para siempre, ni copó todos los poderes públicos (Asamblea Nacional, tribunales de Justicia y Consejo Electoral).

Pero tres notas de estilo aproximan el ejercicio del poder en Petro al modelo de Ortega y los de su estirpe –llámense Fidel, Bukele, Maduro, Batista, Somoza o Pinochet–. Al personalismo del poder absoluto lo acerca su ego desmesurado y voluntarioso; afinidad de caracteres al servicio del mandatario que resiente los controles de la democracia y la acción de la oposición como asonada o conjura. Al desprecio a la democracia se arrima Petro por su ojeriza hacia los tribunales, hacia el Congreso, hacia la prensa libre. Merodea en el patrimonialismo de aquellas dictaduras (donde el gobernante asume como propios los bienes del Estado): usa Petro y abusa de recursos públicos, por ejemplo, para apertrechar la campaña electoral del candidato de su partido.

El destape de la corrupción que ha florecido en las narices del presidente Petro, ahora personificada en Juliana Guerrero, es golpe letal a la figura del primer mandatario (jefe en ciernes de la nueva oposición), a la institución de la Presidencia, a la ilusión que el primer gobierno de izquierda despertara en millones de colombianos. Naufraga este Gobierno en la venalidad que se creía patrimonio exclusivo de élites mendaces. Honda herida al Pacto Histórico, que así pierde legitimidad como alternativa política y moral.

Revela Semana pruebas de que Guerrero, acusada de falsificar diploma para poder asumir como viceministra, recibía sobornos de particulares interesados en contratos y puestos del Estado. Más responsable que ella resulta ser el presidente por así empoderarla y protegerla. Además, en desafío al país, defiende Petro a la mediadora de la que Gustavo Duncan llama “coima ligera… por acceso emocional a los representantes del poder”. Y ataca a la denunciante, Angie Rodríguez, que ha radicado denuncia penal contra Petro por 16 presuntos delitos, entre ellos, peculado y tráfico de influencias. Ominoso colofón de cierre de este Gobierno.

La equívoca delegación de poder del primer mandatario en Guerrero ofende el decoro presidencial y se ríe de la ley. Pero no es este el único episodio del destape. Retumba el mutismo de Petro sobre la declaratoria de abierta dictadura en la Nicaragua que protege al amigo y ex alto funcionario de su Gobierno, el prófugo de la justicia Carlos Ramón González. ¿Qué hace este exdirector del DAPRE al lado de Ortega, violador consuetudinario de su hija adoptiva y tirano declarado? La inclinación de Petro al personalismo, al patrimonialismo y al desprecio de la democracia liberal no lo convierte en un Ortega. Pero sí explica en parte la deriva corrupta de su mandato. Que duele más, justamente porque del primer gobierno de izquierda se esperaba pulcritud a toda prueba en la cosa pública. Duro adiós de Petro en tan desapacible destape.

cristinadelatorre.com.co

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