Logrera, obtusa, acomodaticia, no ha faltado en nuestra extrema derecha quien asimile el presidente Gustavo Petro al timador y sanguinario Nicolás Maduro. “Para allá va este castrochavista”, infieren algunos del osado papel de mediador y de la prudencial distancia que en ello asume él para evitar que la represión termine en genocidio. Para facilitar una transición pacífica en Venezuela abriéndole a la dictadura acorralada una válvula de escape, presupuesto vital en cualquier negociación.
Y para ahorrarle a Colombia severos perjuicios. Primero, el alineamiento de ese gobierno con los grupos armados que negocian la paz, tras 25 años de oficiar como garante y anfitrión de las conversaciones. Segundo, volvería a cerrarse el comercio con Venezuela, que favoreció siempre a Colombia y este Gobierno restauró, con prometedores resultados para nuestros exportadores. Tercero, naufragaría el control binacional de 2.217 kilómetros de frontera, a medias logrado en estos dos años: se desbordaría en las regiones fronterizas toda la batería de abuso de migrantes, de crímenes y economías ilegales, narcotráfico comprendido. Cuarto, tendría Colombia que multiplicar a marchas forzadas su capacidad para acoger a derechas una nueva oleada de migrantes venezolanos; con estatuto de protección, regularización, integración y acceso a los servicios del Estado.
La sorpresiva disposición de Maduro a dialogar respondería a la protesta heroica de los venezolanos, la base chavista al mando, contra el fraude; a la presión del mundo; a la exigencia de Petro, Lula, López Obrador y Boric de respetar la decisión soberana del pueblo, recontar votos, actas en mano y veeduría internacional, y de parar la matanza. Se contempla una salida negociada por diálogo directo entre Maduro y González. Y, en la sombra, el memorando de entendimiento suscrito en septiembre en Catar, que plantea libertad de los presos políticos, observación internacional del proceso electoral y levantamiento de sanciones al país. Con mil detenidos y 19 muertos en sólo una semana, con la pérdida de apoyo popular en las urnas y en las calles, con la unificación de la oposición, tal vez no le queden a Maduro otras opciones.
Sí, lo que pase en Venezuela será decisivo para las negociaciones de paz en Colombia. Y no sólo porque fuera ese país refugio de armados colombianos, sino porque éstos son ahora binacionales. El ELN puja por imponerse como poder en armas a ambos lados de la frontera, y un cambio de gobierno en Venezuela alteraría la dinámica en los diálogos de paz. Para Otty Patiño, alto comisionado de Paz, la falta de legitimidad del gobierno de Maduro golpea su función como garante y facilitador: no habría ya mesa de negociación en Caracas.
El fiscal general de Venezuela amenaza con cárcel hasta por 20 años a quien proteste por el resultado electoral y obstruya vías públicas. 700 de los 1.000 detenidos serán juzgados por terrorismo. Diego Molano, ministro de Defensa de Iván Duque, declaró en mayo de 2021 que bloquear una vía es terrorismo. Era licencia para matar, dijo César Gaviria. En efecto, en sólo dos meses de ese año hubo 75 asesinados en las calles (ONG Temblores e Indepaz). La CIDH denunció uso excesivo de la fuerza contra manifestantes y criticó la calificación de terrorismo al bloqueo de vías en las protestas de Colombia. Iván Duque aboga ahora por los millones de venezolanos “que arriesgan sus vidas en las calles” y denuesta la “persecución y represión por militares y policías” contra el pueblo venezolano. Ver para creer. De tanto rasgarse vestiduras, desnudan nuestros mentores de la derecha todo el cobre. Grotesco su intento de apropiarse épicos pronunciamientos de la multitud, como este del 3 de agosto en Caracas.