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Lunar de la América Latina, no hubo en Colombia populismo sino clientelismo. Pero con Uribe y Petro el populismo llegó para quedarse. Desde orillas opuestas, uno y otro ensamblaron en una matriz de hierro la atávica trilogía del poder tradicional —populismo, clientelismo y corrupción—, que medrara en países con mares de masas flotantes, informalidad y desigualdades abismales. La paradoja es que precisamente el mandatario de izquierda suscribiera ese paradigma, cuando de él se esperaba el cambio, la reforma que el pueblo ninguneado anhelaba en cabeza del líder que por vez primera le daba voz, participación y arrestos para encarar a la élite despótica que había ostentado el poder. Si bien hostilizando a la democracia liberal y pescando adeptos para su cauda política con inescrupulosa atarraya lanzada sobre los fondos de la nación. Para trocar derechos en favores de alivio pasajero mientras engavetaba las estrategias del desarrollo que potencian productividad, crecimiento y empleo formal. A este nudo que apelmaza presidencialismo plebiscitario y mediación clientelista se aferra Petro para monopolizar el mecanismo en provecho exclusivo del partido (único) de gobierno y de sus electores, mientras por otro lado los cohesiona en la promesa de un edén que los rescate de la ancestral humillación.
Bueno, no será edén, pero tampoco fantasía. No logró Petro fisurar el ADN del sistema ni desmontar la democracia liberal, pero millones de colombianos se han beneficiado de subsidios, pensión o salario mínimo ajustados, reforma laboral, disminución de la pobreza, del desempleo y logros sin precedentes en reforma agraria: 703.000 hectáreas gestionadas para campesinos. Sin embargo, según Cepal, Colombia presenta el mayor déficit fiscal entre los 16 países de la región. La redistribución operada desde el populismo no reemplaza la inversión en desarrollo, en infraestructura productiva, en tecnología. Aliviará las afugias del día pero la pobreza estructural permanece incólume, porque la distribución del ingreso sigue presentando diferencias colosales.
El clientelismo como acuerdo informal entre cliente y mediador que gestiona un servicio del Estado a cambio del voto fue siempre elemento capital de nuestra cultura política. Si en el pasado favoreció el ascenso social y la configuración de nuevas élites potenciales en los partidos (el intermediario ante el Estado podía jugar a la vez como subordinado y como nuevo agente de poder), en el moderno clientelismo se generaliza la apropiación privada de recursos públicos: una vasta red de relaciones utilitarias articuló el sistema político. Y hoy, ni hablar de lo que puede el clientelismo en grande mediante contratación pública, financiación dolosa de campañas electorales, compra de congresistas por apoyo a proyectos del Gobierno; y uso abierto, desafiante, de los recursos del Estado en favor del Gobierno, de su partido, de sus amigos. Cuatro años lleva el país siguiéndolo atónito en la prensa.
Conforme se debilitan los partidos, periclita el clientelismo clásico. No son ya los partidos sus agentes plurales, pues el clientelismo se desplazó al partido en el poder y a esa colectividad sirve. Es patrimonio exclusivo y excluyente del Pacto Histórico. Como recae el patrimonio exclusivo de su discurso y de su acción populista en la persona del jefe-presidente: no se siente Petro vocero del pueblo sino el pueblo mismo, luz y destino del constituyente primario. La democracia directa que la Carta del 91 esbozó, terminó deformada por egócratas —Uribe y Petro— que reviven el enquistado caudillismo de América Latina.
En el recurso generalizado a la vieja política, asistimos hoy a la cosecha en caliente del miedo y la rabia exacerbados por medios que han probado eficacia movilizadora, no capacidad transformadora: el clientelismo, el populismo y la corrupción.
