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Régimen de fuerza, o reforma concertada

Cristina de la Torre

16 de junio de 2026 - 12:05 a. m.

No son puntos de comparación equivalentes, pero sí los que protagonizan la oferta de las partes. Violencia económica y política —con privatización generalizada del Estado y eliminación por destripamiento de la oposición— de un lado; y, del otro, reforma concertada por acuerdo nacional, con parámetros de capitalismo social.

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Presidido por la exministra Clara López, el equipo económico de Iván Cepeda lanza programa que rompe con el radicalismo de este Gobierno. Propone un pacto fiscal y productivo como preámbulo a cualquier reforma. Vuelve a la industrialización y a la planeación indicativa concertada con el sector privado. Tres revoluciones plantea el candidato (ética, social y económica, y política) como invitación al acuerdo sobre las reformas que el país demanda. Por su parte, De la Espriella ofrece desmontar el 40 % del Estado, con licenciamiento de 700.000 empleados púbicos. Este golpe de economía libertaria a la Milei se completará con entrega a privados de las entidades públicas que sobrevivan a la motosierra, y harán su agosto con la diligente protección del Estado. A la Trump.

Doctora en economía y exministra de Trabajo, a Clara López se unirán el exministro Germán Umaña y el renombrado académico Mauricio Cabrera. Su programa reabre la explotación de hidrocarburos y traza una transición energética gradual. Se propone recaudar más impuestos en el país de América Latina que menos paga, atacando la evasión y sin afectar la producción. Y condicionando exenciones de impuestos a aumentos en productividad, crecimiento y creación de empleo. Propone impuesto de renta diferencial para la pequeña empresa.

El acuerdo nacional de Cepeda aspira a encarar décadas de exclusión y atraso, signadas por la concentración de la riqueza y hondas desigualdades sociales, por un modelo económico improductivo, por el debilitamiento del Estado en amplios territorios, por la postración moral derivada de la violencia, la corrupción, el clientelismo y el individualismo extremo. Su revolución persigue un modelo de desarrollo productivo, diversificado, territorial e incluyente; construir una democracia más participativa, y reorientar la política de seguridad.

En el otro lado, se alza el puño de hierro. Dichos y proclamas de Abelardo (“por la razón o por la fuerza”) evocan todos los días enseñas de la Violencia que el ospino-laureanismo desencadenó hace 80 años desde el poder del Estado, y acaso aleteen hoy en el mismísimo nieto de Laureano, luz y brújula de la campaña de Abelardo. De brutalidad escalofriante, menudearon en ella las masacres: en Ceilán, 150 personas fueron masacradas en un mismo día; 1.500 en el Líbano en abril de 1952. A la Bukele, tal vez coopte Abelardo divisas de “hacer invivible la república”, de acción intrépida y atentado personal, reviva las crueldades del paramilitarismo que las emuló medio siglo después, y siga los derroteros de las autocracias de nuevo cuño.

La Violencia cobró 250.000 muertos. Desde entonces, los civiles sacrificados por el conflicto armado en esta Colombia doliente alcanzarían el millón. Iván Cepeda ha dedicado media vida a negociar la paz. A veces con buen éxito, como en el proceso de La Habana; otras, como la Paz Total, terminaron en fracaso total. Hoy se propone reformular los diálogos y, en todo caso, no desliga la paz de un modelo concertado de desarrollo económico y social. De la Espriella se declara en contravía, y, empeñado en instaurar un régimen de fuerza, azuza la barbarie. ¿Como en la Violencia pasada, una fuerza en solitario querrá imponerse por el terror? Dirá el escritor Guillermo Hernández Rodríguez: “Cuando el país necesitaba un sistema de democracia económica imperó una dictadura tropical”. ¿Se repetirá la historia? ¿Alguna filiación del Tigre con Los Leopardos, el ala ultramontana del partido Conservador en aquellas calendas?

Cristinadelatorre.com.co

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