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Teocracia y militarismo

Cristina de la Torre

11 de agosto de 2026 - 12:05 a. m.

El insólito retiro espiritual del gabinete de ministros resultó premonitorio. Al menos por lo que toca a la incitación de gobernar en olor de religión, pues la mitad de los ministros son creyentes en acción y a los demás no parece perturbarles la idea. Para el componente militar, que proyectaría el mando como cruzada sagrada, se salió el presidente con la suya: juró, en lo que dura una flor, ante el Congreso, pero pronunció su discurso de investidura ante las Fuerzas Militares. Y hermanó repetidamente, en una y misma intención, el saludo militar con la invocación a Jesucristo y el acto de santiguarse. La patria-milagro del Señor. Ante el Congreso, suplanta el acto de Estado por una sesión de “invocación y alabanza” a Dios, con cantos e imagen de la virgen de Fátima bajo reflectores y homilía de líderes de tres religiones (evangélica, católica y judía). Acaso reconciliara así a las dos primeras, tras la persecución del laureanismo a los protestantes en tiempos de la Violencia. ¿Manes de su retorno al poder? Tal vez las invocaciones del presidente a la Constitución busquen velar su propensión a un régimen de fuerza anclado en “Cristo, rey de los ejércitos”. En una teocracia inquisitorial.

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Nuestras guerras santas, sazonadas por aquellas calendas en juramentos como el de Augusto Ramírez Moreno de morir en aras del Creador, por la Trinidad Inmóvil, respondían a la Falange franquista, cuyo brazo derecho fue la Iglesia Católica. Alejandro Ordóñez, censor y guerrero sin par del integrismo católico, que como Procurador despachó con la Biblia, hoy de nuevo embajador ante la OEA, exaltaba los alzamientos militares del “heroico catolicismo mexicano y español”. Ahora se abrazan católicos y evangélicos, dos corrientes religiosas en disputa por el poder político, bajo la común divisa de familia (patriarcal), Dios, patria, tradición, orden, propiedad y libre mercado.

Viene a la memoria la cruda historia de la Inquisición, que no fue patrimonio exclusivo de la Iglesia Católica. Lo fue también de la dictadura teocrática que montó Calvino en Ginebra e incluyó muerte en la hoguera del fraile español Miguel Servet flanqueado por sus libros, por negar el dogma de la Trinidad Inmóvil. Así aplastó Calvino, en nombre de Dios, al disidente. Para los áulicos del protestante, la libertad de conciencia es doctrina del demonio y sus mentores deben morir; y este catecismo fue núcleo del poder público. Se impuso con sangre la fe de marras a un tiempo como religión oficial y como ley orgánica del Estado.

Católicos y evangélicos anuncian ya en Colombia la “batalla” por la cultura, para “recuperar el valor de la familia, la disciplina, el amor por la patria, la creencia en Dios… y sus mejores tradiciones”. El nuevo Gobierno se propone “sacar a Marx de las aulas y meter a Dios”. Dirá el presidente De la Espriella: “para construir una gran nación, hay que poner a Dios en el centro de cada decisión”. Concluida su asunción ante las tropas, exclamó: “¡Firmes por la Patria, viva Cristo Rey!”.

En su discurso del cuartel Pichincha promete el presidente respetar las instituciones. Enhorabuena. Pero será en el ejercicio del gobierno como podrán evaluarse modos y alcances de esta simbiosis de poderes acompasados entre religión y milicia sobre las políticas social, cultural y de seguridad. Con todo, el analista y consejero presidencial en Defensa y Seguridad Nacional, Armando Borrero, teme “por la separación de poderes, por la educación pública libre de interferencias partidistas, por la libertad de pensamiento y de expresión […]. Se pretende retrotraer a la sociedad colombiana a los años terribles de la Violencia, escribe en Razón Pública, repetir la experiencia que hundió a Colombia en las violencias de las últimas ocho décadas…”. Sí, este flirteo con la dupla teocracia y militarismo bien podría devolvernos a la guerra santa.

Cristinadelatorre.com.co

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