La escena discurre sin anestesia: un tirano derriba, mazo en mano, a otro tirano que ha molido su pueblo a mazazos. Pero el garrote no aparece ahora barnizado de rosadito-democracia, se exhibe sin pudor en su ruda desnudez. Es timonazo de 180 grados en una historia de expansionismo desde la ley de la selva presentada como mandato que premia a los elegidos de Dios. Después de tanta hipocresía, de tanta ocupación militar y masacre y bombardeo para robarse la riqueza ajena pretextando defensa de la libertad, se agradece la franqueza. Gracias, Donald Trump, por hundir la impostura de sus antecesores, cruzados de la dominación estadounidense que en América Latina, solo en el siglo XX, perpetró —según Connecta— 55 intervenciones de ocupación militar, despliegue de tropas, golpe de Estado, apoyo armado o remoción de gobernante. Por vez primera sin eufemismos, instala Trump un protectorado en Venezuela y proclama a grandes voces que no va por la democracia, va por el petróleo. Como del petróleo se lucró la nueva oligarquía de ese país, empotrada en una satrapía despiadada de tortura, asesinato y cárcel para la oposición, usurpación del poder, expulsión por hambre y opresión de la cuarta parte de su población y desamparo para los que quedan.
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En dos planos se desenvuelve el espectáculo: en aspavientos triunfalistas y desafíos que escandalizan al mundo; y en la realpolitik que planifica la toma de riquezas y de gobierno en Venezuela mientras insinúa paces con Petro. El griterío va en catarata y asusta porque armoniza con la acción: la “extracción” del dictador. Declara Stephen Miller, asesor mayor de Trump, que “vivimos en el mundo real, gobernado por la fuerza y a la fuerza (…) Somos una superpotencia y con el presidente Trump actuaremos como tal”. Y el propio mandatario afirma: “Estados Unidos es el jefe de este hemisferio. No vamos a permitir que Rusia, China o Irán tengan presencia en nuestro patio trasero. El nuestro es el ejército más poderoso y lo usaremos para proteger nuestros intereses”. Anuncia que será él quien gobierne Venezuela.
Pero deja montado todo el aparato de poder de la dictadura, para que le desbroce el camino del negocio. Mata así toda presunción de superioridad moral y de coherencia política. Se allana al régimen comunista mientras él acepte la hegemonía de esa potencia en el continente. Arrojados al caneco los principios, usará a Delcy Rodríguez, mano derecha de Maduro autoproclamada presidenta, para asegurarse el negocio. Será lo primero prevenir el caos, ajustar poderes y legitimar la transición, no digamos a la democracia, sino a un protectorado vergonzante. Con suerte, habría algún día elecciones libres.
En la antesala de la comunicación telefónica con Petro, amenazó el gringo a nuestro presidente, mandatario legítimo de una democracia. Cualquier apoyo a operación militar contra Colombia, escribió El Espectador, es complicidad con un golpe de Estado y traición a la patria. Lo saben la derecha que acaricia aquella fantasía y su jefe Uribe cuando eleva el golpe de mano a Maduro a acción de legítima defensa contra el narco. Abogó por un cambio de gobierno en Colombia que derrote al narcotráfico. ¿Olvida que su Gobierno quiso dar estatus político al paramilitarismo y que prácticamente toda su bancada parlamentaria resultó ser su aliada? La verdad es que la distención con Petro busca una posible mediación con Venezuela, recuperar la certificación del país, combatir con Estados Unidos al narcotráfico y al ELN.
El ataque a Venezuela marca la suplantación del derecho por la fuerza, cuando aquel busca evitar la guerra y proteger a los débiles del abuso de los poderosos. En Venezuela urge restaurar la democracia y evitar, con apoyo multilateral, la reafirmación de su dictadura ahora con patrocinio de Trump y despliegue de la fuerza bruta.