Hace unos días, el príncipe Andrés de Windsor atravesó una fugaz detención por su relación con el caso Jeffrey Epstein. A pesar de que sólo fueron unas pocas horas bajo arresto, el hecho significó que el rostro de Virginia Giuffre inundara las redes sociales con mensajes de reconocimiento y afecto. Virginia fue una de las jóvenes traficadas por el entramado criminal de Epstein y Maxwell, en varias fotografías se le ve en sus fiestas siendo apenas una adolescente. Una de las instantáneas la muestra al lado del Príncipe Andrés quien, según su testimonio, la violó en tres ocasiones. Virginia logró escapar de la red y rehacer su vida, pero el nacimiento de su primera hija despertó en ella el impulso de denunciar. Cayó sobre su testimonio una aplastante maquinaria mediática, judicial y política debidamente aceitada para garantizar la impunidad de los hombres más poderosos del planeta. A pesar de ello, Giuffre dedicó hasta el último de sus días a luchar en contra de la explotación sexual y fue pieza clave en la revelación de los archivos que hoy conoce el mundo entero. Su muerte intempestiva en hechos que fueron presentados oficialmente como un suicidio aún genera preguntas.
Recientemente también salió a la luz la nueva portada de Vogue, Reino Unido protagonizada por Gisèle Pelicot. Gisèle atravesó uno de los infiernos más dolorosos que pueda imaginar ser humano alguno: el de la violencia a traición propiciada por quien se suponía era un ser amado. Luego de un proceso de reconstrucción que no puede sino despertar admiración profunda, regresa al ojo público para hablarnos del derecho a la felicidad y la fe en la humanidad pero, sobre todo, viene para instalar un mensaje que por el mero hecho de ser pronunciado por ella tiene la potencia de subvertirlo todo: la vergüenza debe cambiar de bando.Adicionalmente, esta semana en Colombia un grupo de periodistas, abogadas, escritoras y columnistas lanzaron un manifiesto –que generosamente me invitaron a firmar– con un objetivo común: empezar a derrumbar, ladrillo a ladrillo, el cerco de silencio que ha rodeado al expresidente Andrés Pastrana después de ser mencionado en los archivos Epstein. El hecho ha logrado que, por fin, medios de todas las categorías empiecen a hacerse preguntas sobre las actuaciones del entonces mandatario. En qué condiciones se dio el vuelo de Maxwell en un helicóptero de la fuerza pública colombiana y por qué ella asegura que disparó contra “terroristas” en suelo patrio, por qué ella misma le dispensaba transporte y hospedaje en viajes internacionales, qué hacía él en el avión Epstein son sólo algunas de las muchas cuestiones que debería responderle al país quien ostentó la más alta dignidad de la nación. En mi columna anterior me preguntaba qué le íbamos a oponer al mal total encarnado en Epstein, Maxwell o Andrés. Hoy creo que seguramente es la bravura de estas mujeres que empujadas por una voluntad casi mística han decidido no resignarse a que el mundo sea gobernado por el cinismo, la perversidad y el oprobio. Ojalá esta cruzada que enfrenta el mundo la ganen ellas, es decir, la gane la humanidad entera.