Falta poco para que se cumplan los primeros 100 días del gobierno de Gustavo Petro y no se puede negar que su despegue ha sido rápido, en este tiempo se han empezado a definir los pilares que marcarán la gestión del presidente en los próximos cuatro años. La reforma tributaria, la paz total, el aumento en la inversión para el campo colombiano, entre otras, han sido algunas de las apuestas a las que Petro les ha metido el acelerador. Sin embargo, la discusión ciudadana sobre este tipo de iniciativas se ha visto eclipsada por los debates alrededor de los pronunciamientos disímiles entre miembros del equipo y la bancada de gobierno.
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Por ser el primer mandato alternativo de la historia de Colombia, la presidencia de Petro ha estado bajo una lupa permanente, aun antes de la posesión el país esperaba los nombramientos ministeriales con expectativa, se hacían apuestas con los nombres que iban sonando e incluso algunos medios de comunicación sacaron una suerte de álbum en el que se iban llenando las laminitas con cada nombramiento. La primera vez de un dirigente progresista en el poder ha despertado el interés de muchos y cada movimiento representa una novedad a la que hay que asistir. Esto no necesariamente es un escenario adverso para la administración. La vigilancia y el control ciudadano nutren la democracia y pueden generar espacios políticos que resulten en el enriquecimiento del debate público. Si todo este interés se encauza por buen camino, el gobierno de Petro puede ser uno de los más participativos de la historia.
Lamentablemente, esto aún no es muy claro para algunos miembros del alto Gobierno y congresistas de la bancada oficial. Salidas en falso, declaraciones contradictorias entre los ministros, la excesiva informalidad de algunos en sus redes sociales, etc., han desembocado en una comunicación confusa que ya le empieza a pasar factura al presidente. Es apenas normal que en un gabinete conformado por personas de orígenes y pensamientos políticos tan plurales tengan opiniones distintas sobre algunos temas; sin embargo, el tratamiento de estas diferencias debe darse en los consejos de ministros y no por Twitter o radio. La comidilla política, los bandos que se forman entre quienes apoyan unas u otras posiciones y la falta de claridad enrarecen el ambiente y no contribuyen a avanzar en las reformas que se propusieron en campaña.
Haber llegado al poder y asumir investiduras de representación trae consigo la responsabilidad de transformar el lenguaje y la forma en la que se existe públicamente. Nadie en este momento reclama hermetismo y aislamiento sino más y mejor información: clara, oportuna, decantada y coherente. Ya es hora de que el gabinete y la bancada del Pacto Histórico construyan pautas comunicativas unificadas que brinden confianza a la ciudadanía. Nadie sugiere unanimismo, sino debates de altura en los lugares destinados para ello.
Le haría mucho bien al presidente, a sus ministros y a la bancada rectificar el camino. Aún están a tiempo.