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24 Nov 2022 - 5:30 a. m.

Debates de este milenio

Cristina Nicholls

Cristina Nicholls

Columnista de opinión

En el 2006 nació Twitter, una plataforma de microblogging que con el tiempo se ha convertido en una de las redes sociales con más presencia y peso a nivel mundial. Sin duda alguna, Twitter es la más política de las redes digitales, es la predilecta de figuras influyentes para dar opiniones y posicionar tendencias, y a su vez es la favorita de muchos a la hora de plantear debates de actualidad. Dicho esto, aunque Twitter tiene esa singularidad, no es solo una red social para hablar de política, se han construido allí importantes comunidades alrededor de la ciencia, el arte, el cine, el deporte, la salud mental, etc. Su formato permite una amalgama muy amplia de posibilidades a la hora de proponer conversaciones.

Por otra parte, quienes hemos utilizado la plataforma desde hace tiempo también hemos descubierto la potencia del relacionamiento cotidiano aunque sea a través de la virtualidad. Existen en Twitter lazos comunitarios y de afecto tejidos a lo largo de los años. En la red hemos acompañado duelos, hemos hecho amigos y colectas, hemos adoptado animales, hemos visto crecer a los hijos de otros, sabemos sus nombres. Hemos crecido también nosotros mismos entre trinos y debates. Este suele ser un aspecto trivializado a la hora de abordar la discusión sobre las redes sociales. Tal vez la inminente pérdida de este escenario sea una oportunidad para analizar de cerca el impacto de las constelaciones digitales en el relacionamiento humano actual, sobre todo después de una pandemia que hiperconectó a un mundo físicamente distanciado.

Todas estas conversaciones, todas estas interacciones, todo este relacionamiento se encuentra ahora concentrado en un solo hombre: Elon Musk. Un billonario delirante que en pocas semanas ha puesto a tambalear la plataforma hasta su caída casi definitiva. Los despidos y renuncias masivas, las medidas descabelladas como el cobro de ocho dólares por cuenta verificada, la explotación de los trabajadores que aún quedan, la comunicación burlesca a punta de memes, el retorno de cuentas suspendidas y ampliamente cuestionadas, la permisividad con los discursos de odio, la distorsión de derechos universales como el de la libre expresión, etc., han aplastado la estabilidad y la seguridad de Twitter. Llegamos al punto de creer que la red dejaría de existir de la noche a la mañana, pero ahí sigue activa y seguirá estándolo algún tiempo. Es posible que no colapse en los términos que muchos imaginamos: un apagón definitivo y la imposibilidad de acceder a las cuentas; sin embargo, la obsolescencia se asoma por otros factores: censura de debates importantes, abolición de normas comunitarias básicas, permisividad frente a los discursos de odio. Lo que ofrecía la plataforma se va a desvaneciendo junto con la confianza de los usuarios que ya empezaron a migrar a otros horizontes digitales.

La pregunta del milenio es cómo evitar que un solo hombre se apropie de este cúmulo de interacciones construidas en red por millones de personas a través de los años. ¿Cuál es la frontera de lo privado y lo público en elementos mixtos como las redes sociales? ¿Qué tipo de regulación supranacional debe construirse para las redes sociales? ¿Cómo garantizamos la independencia de las redes sociales frente a los Estados? ¿Cuál es el papel de los actores privados en la protección de derechos como la libre expresión, la libre información o la lucha contra la discriminación? Sin duda alguna el huracán Musk llegó a sacudir el debate.

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