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Hace un par de días, una española relató en la red social X una escena de almuerzo con un amigo italiano y una amiga alemana. En algún momento soltó un chiste: “sólo nos falta un japonés”. Todos rieron, la alemana no. Se sonrojó e, incómoda entre las risas ajenas, dijo: “hay cosas con las que no vale la pena bromear”. En Alemania existe legislación estricta que prohíbe la apología del nazismo y el fascismo, una restricción que responde menos a un impulso censor y más a una profunda reflexión sobre qué premisas merecen un lugar en el debate público (y privado).
En las redes sociales se ha vuelto recurrente apelar a la amplitud del debate democrático para abrir espacio a opiniones contrarias a los mínimos civilizatorios que nos sostienen como humanidad: discursos racistas, misóginos y esclavistas que se excusan en la apertura discursiva para expandir narrativas que buscan anular los derechos fundamentales de millones de personas. Quienes se oponen a que esos discursos habiten la conversación pública son tildados de censores e intolerantes. Sin embargo, filósofos, académicos y juristas ya se han ocupado ampliamente de esta discusión: para que la democracia y la pluralidad prevalezcan es necesario rechazar de manera tajante las narrativas que buscan aniquilar la dignidad humana de cualquier individuo en el planeta tierra.
Aprovechándose de la diversidad que muchos hemos defendido, algunos han decidido anteponer sus intereses particulares, disfrazando de opinión legítima discursos que en el fondo buscan excluir, discriminar o negar derechos a poblaciones enteras. Se valen del mismo espacio de apertura que tanto ha costado construir para hacer exactamente lo contrario de lo que ese espacio protege: en vez de ampliar la conversación, la usan para expandir el odio y la discriminación, erosionando poco a poco los valores mismos de la democracia. Yo misma he sido tildada de antidemocrática por oponerme de manera frontal a las tecnologías y plataformas que pretenden vendernos estas narrativas como diferencias válidas en las conversaciones públicas.
Creo firmemente que preservar los mínimos que nos permiten debatir y disentir en democracia exige formar un bloque unánime e irreductible frente a los discursos de odio que día a día ganan terreno en la conversación mundial. Como todos los derechos, la libertad de expresión tiene límites. No es válido, en nombre de la apertura y la sana confrontación de ideas, abrir los micrófonos a opiniones que pretenden aniquilar grupos humanos enteros. Ojalá tengamos el discernimiento para diferenciar entre la sana pluralidad que sostiene la democracia y los discursos que, disfrazados de opinión, solo buscan la aniquilación del otro. A veces ese discernimiento es tan simple como el de la alemana en esa mesa: saber, con una conciencia histórica forjada a fuerza de memoria y reflexión, que hay cosas que no deben tener cabida ni siquiera en la mesa informal de los amigos de un viernes.
