Mi madre llegó esa tarde en silencio y con la piel enrojecida por el sol, me pidió escuetamente que le llevara un vaso de agua al baño. Se lo llevé y noté que, mientras se desnudaba, de su cabello, su ropa y su piel brotaba un olor ácido. A la mañana siguiente en el colegio un profesor hablaba con su colega de la jornada de protesta del día anterior. Gases y heridos matizados con sonrisas resignadas. Mi mamá había estado ahí. La habían gaseado. La habían perseguido, ¿la habrán golpeado? No lo sé. Nunca lo hablamos. Tampoco hablamos de que después sería mi turno. En una de mis primeras manifestaciones empezaron a llover pequeños perdigones humeantes, cayeron varios cerca mientras mi cerebro procesaba lo que estaba pasando. Hice lo peor que se puede hacer en esos casos: correr. Inhalé a bocanada llena el contenido de uno de esos cartuchos. Cuando aspiras gas con toda tu fuerza, el pecho se cierra como un puño, no hay una sola fisura por donde entre aire y los ojos se prenden en candela. No hay aire, no hay luz, y lo único que escuchas es el silbido de más gases cayendo. Sin ojos, sin pulmones y sin oídos sientes morir. Pero no mueres (al menos en ese instante) y el tiempo te enseña a hacerle el quite. Ya no corres, dosificas el aire, te echas vinagre y caminas lento. Pero hay algo que nunca aprendes: a superar el terror original de ver a tu madre tomando una ducha en completo mutismo. Ese pánico que con los años no disminuye sino que se actualiza permanentemente. Ya no temes solo por tu madre sino por ti, tus amigos y los muchachos anónimos que quieren cambiarlo todo.
Solo en el último paro el Esmad materializó todos mis miedos y los perfeccionó hasta el homicidio. Un Estado como el nuestro no puede concebirse sin escuadrón antidisturbios, pero un escuadrón antidisturbios no puede aplastar impunemente todos los valores que pretenden sostener nuestro Estado. Existen de sobra argumentos técnicos para el desmonte, pero lo que hay que perseguir con esta medida es que empecemos a narrarnos desde un lugar distinto a la violencia que obliga a madres y a hijas a protegerse mutuamente mediante el silencio. Necesitamos empezar a ensanchar el pecho después de una gaseada que ha durado 23 años*.
* El Esmad tiene 23 años de fundado. Se creó el 24 de febrero de 1999 con un carácter “temporal”.