Hace un par de semanas, el Departamento de Justicia de Estados Unidos liberó cerca de tres millones de archivos del caso Jeffrey Epstein. Día a día, el mundo entero ha conocido de miles y miles de atrocidades inimaginables cometidas principalmente contra mujeres, niñas, niños y bebés. Una red constituida principalmente por hombres blancos, millonarios y poderosos en donde ubicamos nombres de académicos, presidentes, empresarios y miembros de la realeza, incluyendo al colombiano Andrés Pastrana, que tan pocas explicaciones ha dado sobre sus actuaciones.
El globo aún no sale del shock, son tan impensables los horrores que se describen en mails, fotos y videos que aún no sabemos qué reacción podría articularse como respuesta. Detenidos en la inmovilidad, lo único que hemos podido hacer es dar vueltas en nuestros propios pensamientos. ¿Qué impulsa a estos hombres a transgredir todos los límites morales existentes? ¿Por qué un ser humano construiría su goce a partir de actos tan extremadamente malignos? ¿Qué mente pudo concebir tal sevicia? Obsesivamente lo he pensado los últimos días y, como la serpiente que se muerde la cola, llego siempre a la misma conclusión: toda la estructura está corroída. Un mundo que no le niega nada a quienes tienen dinero y poder incuba un deseo monstruoso: poseerlo todo. Vidas, cuerpos, países, niñas, recién nacidos. Lo inconcebible, lo que no se puede nombrar, todo. Se han gestado hombres insaciables, dueños de una voracidad que no puede ser satisfecha. Su hambre es de tal magnitud que devoró también en ellos cualquier atisbo de humanidad. Ahora andan sueltos y libres porque el planeta del que son propietarios les garantiza también la posesión de la impunidad.Por otra parte, para todos, el velo ha caído. Lo que creíamos eran ideas de mentes trastornadas por el delirio y la paranoia ha resultado no sólo posible, sino cierto. Estos archivos y, en general, el estado actual del mundo han removido cierta ingenuidad, al menos de mi parte. Antes una convicción moral, humanista y hasta espiritual sostenía la idea de que incluso el ser humano más deleznable era dueño de un atisbo de bondad. La maldad completa parecía un fenómeno excepcional del que nos hablaban libros y películas del siglo pasado. Nadie en el mundo puede ser tan absolutamente pérfido, pensaba, pero como un puñetazo hemos recibido la verdad: la perversidad absoluta existe y mientras el mundo siga funcionando como lo hace, seguirá existiendo.
La cuestión ahora es todavía más inquietante: qué le va a oponer la humanidad a este tipo de crueldad. A qué tipo de bondad vamos a apelar, qué tipo de justicia vamos a construir y en qué Dios vamos a creer. Es entendible el congelamiento inicial, puesto que lo que hemos visto golpea el centro de todas las creencias que considerábamos básicas, inalterables, inviolables. Pero rápidamente habrá que salir del letargo porque el sistema que creó los monstruos sigue intacto y, cuando a la vuelta de unos años salgan a la luz nuevos horrores, ya podremos decir que los creíamos imposibles.