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Espíritu colectivo

Cristina Nicholls Ocampo

03 de enero de 2024 - 09:05 p. m.

Emmanuel Carrère es un escritor francés que conocí hace un par de años por su aclamado libro Yoga. Lejos de ser un manual para el ejercicio de esta práctica, Yoga es un texto descarnado que narra las dolencias de un hombre contrariado por su propia mente, su lucha por sobreponerse al sufrimiento y la práctica yoguística como una herramienta para entenderse y entender el mundo. En el escrito se hace referencia a una experiencia anterior, narrada más ampliamente por el escritor en su libro De vidas ajenas. El acontecimiento es aterrador: en el 2004 un tsunami arrasa todo a su paso en Ceilán (Sri Lanka) mientras el autor estaba en esas costas disfrutando de unas vacaciones con su familia. Todos los suyos sobreviven, pero les toca ver de cerca la muerte, la devastación, la angustia y la desdicha. Mientras todo este horror ocurre alrededor, un grupo de practicantes espirituales, completamente absortos en sí mismos y en su propia vanidad, siguen con sus actividades cotidianas como si el mundo no se hubiera desmoronado frente a sus ojos. A menudo pienso en esa escena: un mar que aplastó la vida y la alegría, miles de personas necesitando afecto, abrazo, ayuda, escucha o sosiego, y una montaña de indolencia y mezquindad disfrazadas de disciplina espiritual. Parece la radiografía de nuestro mundo actual.

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Lo he reseñado en otras ocasiones y me parece prudente volver a hacerlo aprovechando las ilusiones renovadas que trae el inicio de año: la espiritualidad y la búsqueda de sentido son también elementos en disputa. Lo político no puede despreciar la constante búsqueda espiritual del ser humano, así como esta búsqueda no puede obviar el mundo material en el que otros sufren. El sistema en el que vivimos es una completa oda al individualismo y a la cultura del sálvese quien pueda. Por supuesto, los ejercicios espirituales se han permeado de ello. Hay millones de discursos en donde lo único que importa es la salvación propia, la redención particular. Y no hay nada más contrario al crecimiento del corazón que el egoísmo y la tiranía del yo. Es urgente que a esa noción perversa se le oponga la compasión y la preocupación por los otros, la exploración de horizontes colectivos armoniosos, la búsqueda de caminos en los que se disminuya el sufrimiento propio y ajeno. En la inmensidad del mundo y la belleza de la diferencia, sobrevivimos todos a la complejidad de ser humanos. Nadie saldrá indemne de los otros; por los otros somos y seremos.

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Para este 2024 deseo que nos agarre una mayor consciencia sobre nosotros mismos y, por ende, sobre los demás. En un planeta al que cada día se le cae un pedazo, es inaplazable la tarea de seguir construyendo profundidad y sentido colectivo. Nos invito a no ahorrarnos esfuerzos en ello, ahí también está la salvación del mundo.

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