El pasado lunes se cumplieron 50 años del golpe de Estado en Chile que desencadenó la muerte del entonces presidente Salvador Allende Gossens y dio inicio a la que podría ser la etapa más violenta de la historia de ese país. Como es natural, miles de personas en Chile y en toda América Latina llevaron a cabo actos de conmemoración, memoria y vigilia.
Sin embargo, mientras frente al Palacio de La Moneda cientos de mujeres oraban como en un rosario “Nunca Más la democracia bombardeada. Nunca Más los huesos en el desierto. Nunca Más la política de la masacre”, en Colombia una seguidilla de personajes decidieron que el momento justo para hacer críticas de corte político y económico al gobierno de Allende era precisamente ese lunes, el día en el que un pueblo entero estaba reuniendo la fuerza y la mística necesarias para recordar juntos. No vale la pena ni siquiera señalar a profundidad lo que ellos y todos sabemos de sobra: la dictadura de Pinochet trajo consigo una oleada sanguinaria que desapareció, violó y torturó a miles de personas. Tampoco que la muerte de la democracia es de lo más grave que puede pasarle a un pueblo. Esos hechos ya de antemano han sido procesados y depreciados por los opinadores en cuestión. Lo que sí me llama poderosamente la atención es su completa falta de elegancia, el desprecio por el silencio propio y la incapacidad de observar. Pueden incluso odiar todo lo que representaba Allende, pero el magnetismo y la solemnidad de un cúmulo de gente reunida recordando y abrazándose es una situación humana que merece reverencia. El nulo sentido de la oportunidad me aterra, la renuncia completa a la solemnidad y a la escucha de los otros. Qué lamentable y qué vulgar. Y es aún más lamentable que el origen de la degradación sea una contradicción política.
En Troya (la película), Priamo atraviesa solo la noche para llegar a las huestes enemigas, su hijo Héctor cayó vencido en una reñida batalla con Aquiles y éste arrastró el cuerpo hasta su campamento. El rey llega a pedirle a Aquiles que le deje ofrendar un funeral digno a su hijo. Aquiles accede, llora encima del cadáver antes de dejarlo partir y ambos acuerdan 12 días de luto para recoger a sus muertos. Esa misma noche en la que siguen siendo enemigos. Una honorabilidad que tristemente no veremos por estos días.