Habiendo vivido gran parte de mi vida en una ciudad como Cali, aprendí a incorporar la risa, el humor y la fiesta como una herramienta para enfrentar las vicisitudes de la vida. He admirado siempre la capacidad que tienen no solo los caleños, sino los colombianos en general, de encarar los desastres con humor. Sin duda eso fue lo que pasó el pasado martes en el consejo de ministros televisado. Memes, videos editados y tuits graciosos nos salvaron de nuevo. Creo firmemente que fue tan deplorable lo que vimos, que en cualquier otro lugar en donde la risa no predominara, hubiera sido suficiente para desatar un tsunami político. Eso, y la incapacidad de la derecha de hacer política sin usar la fuerza, la corrupción o la violencia, salvaron al país de un escenario catastrófico.
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Sin embargo, es innegable lo grave de todo la escena. Sí, en todos los gabinetes del mundo hay discrepancias, diferencias, desencuentros. Es apenas natural en escenarios de alta tensión y toma de decisiones complejas. Pero lo que quedó en evidencia el pasado 4 de febrero es que existen fuerzas antagónicas al interior del gobierno que son incompatibles para unirse y tirar hacía un mismo lado. Y en esa incompatibilidad, el presidente, el jefe de Estado, ya ha tomado partido. Acorazado en su propio carácter, irradiando el máximo esplendor de su irreflexión, dejando en claro que es más importante su posición de hombre indoblegable, Gustavo Petro defendió al elemento machista, corrupto y vergonzante de su gabinete. Y lo férreo de su defensa no se debe a que Benedetti le tenga guardado un enorme secreto con el cual lo extorsiona de manera permanente. Por el contrario, lo hizo porque es más importante la reafirmación de su poderío, de su voluntad, que cualquier otra cosa. Un presidente al que “no se le encierra”, un jefe al que no se le cuestiona, un hombre al que no se le usurpa. Petro ha sido incapaz de entenderse de manera colaborativa con sus ministros y allegados, y les ha expuesto de manera vengativa en TV nacional por atreverse a contradecirlo. Entendimos, además, que hay un lugar primero que el presidente ocupa y defiende a toda costa, el de la cofradía de los hombres que se reivindican y protegen en cualquier circunstancia. Ahí están, juntos, Hollman Morris, Daniel Mendoza, Armando Benedetti y un largo etc. La gran paradoja es que sin ese carácter, sin esa determinación, sin esa capacidad para imponerse, Gustavo Petro no habría sido presidente. Para navegar las turbulentas aguas de la política colombiana, para enfrentarse a una clase hegemónica que nunca estuvo dispuesta a soltar el poder, se necesita lo que él tiene. Pocos quieren hundir la mano en el hedor para buscar la perla. El presidente lo hizo y ahí está la clave de su victoria. Nos guste o no.
¿Qué debería hacer entonces la izquierda golpeada y ninguneada? Recomponerse rápidamente, reagruparse y empezar de una vez y por todas a aprovechar la plataforma actual para construir una forma de hacer política distinta a la de los últimos 200 años. En ningún otro gobierno ha tenido la posibilidad de copar espacios como en este. Como Petro, hay que aferrarse a un carácter indómito, aunque ello signifique también una paradoja. El de ahora debe ser un ejercicio de expansión, resistencia y proyección. A pesar de las actuaciones del jefe de Estado, está en juego la estabilidad del país y la posibilidad de seguir avanzando en algunos puntos claves para la transformación nacional. Irse es perder la posibilidad de utilizar herramientas nunca antes a la mano para darle vuelta al tablero. Una izquierda organizada, aguda, atrevida. Entendiendo el juego y jugándolo, o dispuesta, una vez más, a abandonarse a las meras consignas.
Adenda: la pérdida para el país de un ministro como Juan David Correa es incalculable. Un hombre brillante y determinado que, como pocos, entendía la misionalidad de un ministerio como el de las culturas. Hará falta en el gobierno nacional.