La pasada jornada electoral sacudió el panorama político colombiano. Entre consultas, votos castigo, nuevos perfiles y la larga lista de quemados, hubo vencedores y vencidos. Entre los más sonados estuvo el representante Miguel Polo Polo, cuya derrota fue recibida con júbilo por miles de personas en redes sociales. Y no es para menos. Ya es ampliamente conocido el talante de Miguel y la forma en la que tristemente decidió hacer política.
Hasta el momento de la escritura de esta columna, Miguel Polo Polo no ha emitido ningún pronunciamiento en redes sociales sobre su caída, tampoco ha dado entrevistas en medios de comunicación ni se le ha visto en ninguna aparición pública. Es entendible su pena: quien siempre vociferó con arrogancia hoy debe callarse a riesgo de que miles de personas le devuelvan la crueldad de sus burlas. Pero hay otra arista importante en este fracaso: ninguna de las figuras importantes de la derecha ha salido a lamentarse, solidarizarse o a darle ánimo público. Algunas hasta se han unido al coro que celebra su pérdida. Distinta situación con candidaturas que tampoco alcanzaron el objetivo: Inti Asprilla, Juan Carlos Losada, Angélica Lozano. Desde diversos lugares han emergido voces de aliento para agradecerles por su servicio público y para respaldarles en proyectos venideros. Esto no sólo pone de presente la precariedad de la labor legislativa del representante, sino también el lugar que le da la élite política a un hombre como Miguel Polo Polo.
Basta echarle una mirada a un video en el que María Fernanda Cabal habla con despecho sobre su pupilo después de que éste decidiera irse a la campaña de Abelardo. En un desliz inconsciente, Cabal habla de la curul de Polo Polo como su curul. Luego se corrige, pero insiste en el argumento central: todo lo que tiene Miguel se lo debe a ella, a su benevolencia y su “ayuda”. Y algo de verdad hay ello, ninguna persona de la extracción de Polo Polo podría llegar a ocupar un espacio privilegiado en la derecha recalcitrante sin el aval de uno de sus representantes. Pero ese lugar viene con una extensa lista de demandas que debe cumplir el elegido, entre ellas la renuncia total a la autonomía, la respetabilidad y el pensamiento. Así lo hizo el buen Miguel durante algún tiempo, aplaudiendo sin chistar cada una de las ocurrencias de su madrina. Luego, al verla en la posición de vagón de cola, migró a un lugar en el que creyó podía sacar más rédito.
Hay entonces dos posiciones en este juego: la de la derecha que puede perdonar el pecado original de ser pobre, negro o gay siempre y cuando eso signifique sumisión y adherencia ideológica. Y la del pobre, negro o gay que por ambición está dispuesto a traicionar su origen con tal de ganarse un lugar en la mesa del poder. Pero sobre todo hay una lección: una vez caído en desgracia vuelves a ser el pobre, negro o gay del principio. El advenedizo, el venido a más. El que apenas sirvió para legitimar discursos y dar de qué hablar. De nada habrá valido el esmero con el que traicionaste a tus pares. Nadie lamentará tu derrota. Nadie saldrá a rodearte como uno de los suyos porque nunca te vieron como un igual. Y la lección no es sólo para Polo Polo, es para Colombia entera.