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La noche inmediatamente anterior a la escritura de esta columna sufrí un par de episodios de parálisis del sueño. Atravesé la noche con miedo de un nuevo ataque, consciente de que la luz del sol traería alivio, pero también nuevos problemas. Completamente exhausta, cuando por fin amaneció, empecé mi día sabiendo que la más mínima actividad significaría escalar una cumbre inimaginable; tender la cama, sacar al perro, comer o trabajar: hazañas que rayan con lo imposible.
Como millones de personas en el mundo, sufro de depresión y ansiedad. Escribirlo es tan extraño como decirlo y un poco menos que vivirlo. Uno de los primeros duelos que vivimos las personas con enfermedades mentales es el reconocimiento de nuestra humanidad: somos distintos al resto, somos incluso distintos a lo que alguna vez fuimos nosotros mismos. A veces, somos la antítesis de lo que creemos ser.
Cada cabeza es una niebla distinta, aun así, compartimos, casi que secretamente, la lucha cotidiana con nuestras mentes. Sufrimos el cansancio de lidiar diariamente con nuestras sombras. Nos cansamos de nosotros mismos y no hay a donde huir, somos lo que somos hasta cuando dormimos. A su vez, cansamos también a quienes nos aman y nos cuidan. Y nos cansamos de cansarlos. Pero unos y otros nos las arreglamos para continuar viviendo, amando y cuidando. La virtud radica en que también podemos detenernos a exprimir cada gota de felicidad, porque sabemos lo que cuesta. Valoramos la belleza y nos aferramos a ella. Cuando el mundo se nos presenta con amabilidad, lo abrazamos con cada célula. Y es hermoso sentir que valió la pena seguir existiendo.
Escribo esta, mi última columna del año, para quienes, como yo, a veces sienten el peso de una aplanadora brutal pasarles por encima del cuerpo. Nos deseo un 2023 de tregua, liviandad y cariño. Ojalá que en los días malos podamos abrazarnos con compasión. Ojalá que en los días buenos podamos disfrutar del amor inagotable que nos rodea. Ya lo dijo Spinetta: “Aunque me fuercen, yo nunca voy a decir que todo tiempo por pasado fue mejor. Mañana es mejor”.
Adenda: gracias a Juan Carlos Rincón por todo, a Fidel Cano y a El Espectador por la oportunidad de escribir. Y a quienes me leen, por la generosidad.
