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Llegó la hora

Cristina Nicholls Ocampo

06 de junio de 2026 - 12:05 a. m.

Hace tan solo un par de días, en Bogotá, un hombre que estaba en una de las sedes de campaña de Abelardo de la Espriella desenfundó un arma para amenazar a simpatizantes del candidato Iván Cepeda. La razón: llevar carteles y cantar arengas frente al lugar. Me parece que ese es el hecho que mejor retrata lo que se juega Colombia en las próximas elecciones. Después de la victoria en primera vuelta del candidato de ultraderecha y de una derrota no prevista en la candidatura de Iván Cepeda, el país vive horas críticas. De pronto nos hemos visto envueltos en una cascada de comportamientos cada vez más agresivos que nos dejan ver con claridad la manera en que se comportarían este candidato y sus seguidores de llegar al poder.

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No exagera nadie cuando afirma que una posible presidencia de De la Espriella representa una amenaza directa para las instituciones, las mujeres, las diversidades, la Constitución, el medio ambiente y, en general, la democracia colombiana. Su propuesta de gobernar mediante un paquete de 90 decretos desconoce la división de poderes y se salta peligrosamente al Congreso de la República y a las altas cortes. El contenido de esos decretos no es menos preocupante: en su mayoría regulan derechos fundamentales sin contraste y en contravía de la jurisprudencia vigente. Ha dicho también que, de ganar, retiraría al país de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), la Organización de Estados Americanos (OEA) y la Organización de las Naciones Unidas (ONU), borrando de un tajo los únicos contrapesos internacionales que han servido de refugio a las víctimas cuando las instituciones domésticas fallaron y excluyendo a Colombia de los debates del mundo. Todo esto, sumado a su pasado turbio, lo grotesco de su discurso, sus apariciones en vivo acosando a mujeres, el hostigamiento judicial a la prensa, la idea de legalizar el porte de armas y las cada vez más creíbles amenazas de destripar al contrario, configura un cuadro indiscutiblemente tiránico.

Lo que acá nos jugamos hace rato superó la dicotomía izquierda/derecha, hoy de lo que estamos hablando es de democracia o autoritarismo. La historia reciente de Colombia no había tenido un candidato que desconociera de manera tan expresa el sistema político y jurídico vigente. En un país con una tradición violenta y los conflictos armados más antiguos del continente, los efectos de una presidencia de este tipo marcarían un nuevo ciclo de violencia y terror recrudecidos. Ante la peligrosidad extrema que este personaje representa para el país, todos los demócratas de Colombia deben unirse de manera urgente alrededor de una propuesta con mínimos programáticos que les permita llegar a la segunda vuelta con la cohesión de un puño cerrado. En este momento, todos tienen que poner: la izquierda reconociendo errores, buscando el diálogo y cediendo en puntos de acuerdo; el centro comprendiendo que este no es el momento de los egos ni de las dilaciones sino de construir consensos por la defensa de Colombia; el resto de demócratas (incluso los de la derecha, que los hay) votando masivamente en contra de todo lo que encarna Abelardo de la Espriella. Las diferencias políticas que separan a estos sectores son innegables y no desaparecerán una vez pasada la segunda vuelta, pero ninguna de ellas sobrevive a una presidencia que desmonte las instituciones que hacen posible el desacuerdo mismo.

Llegó la hora, la prueba de fuego final para todos los que han construido sus carreras políticas en democracia. Es momento de defender, con contundencia y sin ambages, las reglas mínimas que hacen de un país un país y no una dictadura. Sabremos pronto quién es quién en esta, la batalla más difícil que ha enfrentado la nación en las últimas décadas. Que gane Colombia.

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