Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Al sentarme a escribir esta columna me encuentro física y mentalmente exhausta. Salgo del último evento del día con los párpados pesados y el cuerpo molido de cargar carteles y afiches por toda la ciudad. No hago parte de ningún comité de campaña. Como miles de ciudadanos en el país, me he rodeado de amigos (y no amigos) para evitar que Colombia caiga en un abismo de violencia del que difícilmente podría retornar. Y sin embargo, a pesar de la zozobra, la amenaza continuada y el cansancio, al examinarme a mí misma encuentro que mi corazón está atado, como nunca antes, a la fortaleza y a la esperanza.
He perdido ya la cuenta de los plantones, las charlas, los encuentros y las marchas en los que he estado a lo largo de mi vida. Algunas alegres, como las del movimiento estudiantil; otras rabiosas por lo reiterado del feminicidio; las masivas por la paz, y las más difíciles, reunidos alrededor de algunas velas para clamar por los líderes asesinados. Con todo ello, puedo decir que nunca había visto un agrupamiento de voluntades tan distintas alrededor de un solo propósito. Carteles hechos a mano, canciones, arengas, el concurso de “el Iván Cepeda joven”, presentaciones en PowerPoint para mostrar en el taxi, cuñas de radios comunitarias, obras de teatro. Diseñadores, poetas, escritores y artesanos donando su trabajo para convencernos de la vida. Bailes, fiestas, donaciones masivas para que quienes viven en la periferia puedan ir a votar. Una novena en la que hemos hablado con nuestros dioses y también con nuestros pares; misas pedidas por nuestras abuelas para que ocurra el milagro. Y el milagro ya ocurrió, y es este: esta infinita cadena de afectos en la que conocidos y desconocidos nos hemos hermanado en el cuidado y la paciencia.
Esta campaña ha trascendido la reivindicación individual de un candidato y se ha convertido en un organismo vivo, en un movimiento. Es y ha sido una conversación sobre la nación que queremos, sobre democracia, derechos, biodiversidad, género. Un encuentro en el que lo que importa es defender un porvenir de bienestar común. Ese salto cualitativo lo significa todo en un país que, de manera consistente, ha buscado en la figura presidencial a un padre castigador/protector que lo resuelva todo individualmente. Que de alguna manera estemos alcanzando esta mayoría de edad colectiva, en la que estamos dispuestos a hacernos cargo del territorio que habitamos, traza una línea de futuro que superará estas elecciones. Hoy me permito que todo esto me conmueva, y no dejo que quienes nos quieren aislados me ganen la partida. Me regaño a mí misma cuando desconfío, porque siempre, ante la intensidad de mi pesimismo, de mi cinismo, la gente ha respondido con torrentes generosos de bondad.
Vuelvo a la jornada de hoy. Salgo a fumarme un cigarrillo y se me acerca una chica. Me dice que han estado recolectando cartas escritas a mano por personas de todo el país y me pregunta si puedo leer una para un video. Le digo que claro, que por supuesto. Me pasa la carta y empiezo a leer: quien escribe es una niña afro de doce años que vive en el Caquetá. Se me hace un nudo en la garganta. Sigo leyendo. Habla de paz, de juegos infantiles, de sueños y del mañana. Quiero romper a llorar, pero me contengo; grabo el video y me alejo para interiorizar en silencio las palabras de esta pequeña.
Hoy, más que nunca, me la juego por la vida.
