El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Orgullo santiaguino

Cristina Nicholls Ocampo

01 de agosto de 2026 - 12:05 a. m.
“Me siento orgullosa de ser santiaguina, pero no porque un presidente como De la Espriella la haya escogido para su show”: Cristina Nicholls
Foto: EFE - ERNESTO GUZMÁN JR
PUBLICIDAD

Cada vez que alguna de mis amigas vuelve a la universidad hace un recorrido silencioso que rememora nuestros pasos. Revisan si el mural que pintamos hace más de diez años sigue ahí, si la placa de nuestro compañero asesinado continúa en su lugar y si quedan algunas de las bancas donde nos sentábamos a debatir con compañeros y profesores hasta altas horas de la noche. Esa verificación responde a la nostalgia, por supuesto, pero también a la evidencia de una universidad en la que hoy pululan los edificios, el concreto y la pintura blanca.

La Santiago de Cali fue fundada por los hermanos Cadena Copete y 28 socios más. Nació como respuesta a la ausencia de una facultad de derecho en la ciudad. Durante décadas, los rectores de la Universidad del Valle se negaron a abrir derecho como forma de censura y contención a posibles revueltas. El espejo era la Universidad Nacional, cuya facultad de derecho y ciencia política es conocida por su rebeldía histórica. En consecuencia, este grupo decide abrir la USACA con la facultad de leyes como la primera y la más importante de todas, y lo hace escribiendo un manifiesto fundacional profundamente revolucionario para su época: “Que a la universidad colombiana debe dársele una orientación más definidamente democrática para hacerla accesible a todas las clases sociales y en especial a las clases menos favorecidas”, se lee en uno de sus apartados.

En el 68 llegó a la rectoría Álvaro Pío Valencia, el tío comunista de Paloma Valencia, un hombre de una catadura intelectual inigualable. Después de asambleas y tomas por parte del movimiento estudiantil, Pío asumió la dirección del claustro. De su mano, la Santiago recorrió un camino fulgurante, fue él quien impulsó la instauración del cogobierno universitario inspirado en el movimiento de Córdoba y el Mayo Francés. Estudiantes, profesores y egresados elegidos democráticamente para conformar el Consejo Superior y definir en colectivo los rumbos del Alma Máter. Este modelo sobrevive hasta hoy y es único en Colombia. Por años, la USC fue cuna de los debates más álgidos de la nación. La habitaba un movimiento estudiantil y obrero vivaz que se movía entre la academia, la asamblea, la marcha y la pedrea. No fueron ni son pocos los aportes que ha hecho la universidad a los debates neurálgicos de nuestra historia: la reforma agraria, la participación política, los derechos de los trabajadores. Ahí estuvo siempre la Santiago de Cali. Su protagonismo en la región fue tal que pronto llegaron poderes oscuros a cooptarla. La amplitud del modelo democrático que la rige no tuvo los suficientes muros para contener el ingreso de los dineros del narcotráfico al sistema santiaguino. Calco y copia de lo que sucede en el modelo político colombiano. Las elecciones al CSU son una expresión en miniatura de las elecciones nacionales. Cuotas de los partidos tradicionales que convirtieron a la USACA en un fortín político, clientelar y económico. En el 2011, hice parte del movimiento estudiantil que logró expulsar al rector del momento, responsable de un déficit presupuestario de cerca de 78.000 millones de pesos. A partir de ahí asumió Carlos Andrés Pérez Galindo, quien a pesar de haber saneado la deuda es un enemigo acérrimo de la academia crítica y un reconocido adulador de su propia figura.

Hoy nuestra universidad es centro del debate político nacional por cuenta de la posesión de Abelardo de la Espriella. Se habla del auditorio, del acto, del espectáculo, pero no de lo más importante: su historia, su talante y su legado. Se dice que es la universidad de los Rodríguez Orejuela, así como se dice que Colombia es la de Pablo, pero la realidad es más compleja que eso. Si de alguien es la USC, es del pueblo vallecaucano y de quienes como estudiantes, trabajadores y egresados seguimos defendiendo su herencia transformadora.

Me siento orgullosa de ser santiaguina, pero no porque un presidente como De la Espriella la haya escogido para su show de turno. Me enorgullece su legado crítico e intelectual, el mismo que le ha dado al país magistrados, gobernadores, jueces, alcaldes, escritores y artistas. Y, sobre todo, me enorgullece lo que nos dio a quienes pasamos por sus aulas: una identidad misional y una responsabilidad social que, aun en la diversidad de pensamiento, intentamos honrar a diario. Pasará el circo de Abelardo y pasará la megalomanía de Carlos Andrés Pérez; se mantendrá el espíritu y la visión de Pío y los Copete. Así como se mantiene nuestro mural, nuestra placa y nuestra historia.

Conoce más
Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.