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Que te vaya bonito, Catalina

Cristina Nicholls Ocampo

11 de abril de 2026 - 12:00 a. m.
En Colombia, la Sentencia C-164 de 2022 de la Corte Constitucional despenalizó la Asistencia Médica al Suicidio (AMS) bajo ciertas condiciones.
Foto: Archivo Particular
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La sensación es como la de una brea espesa adherida a cada una de las articulaciones. Es imposible moverse, el trayecto de la cama a la ducha se parece bastante a escalar el Everest descalzo. La depresión no es un dolor particular, esa emoción que en ocasiones específicas puede ser tan salvaje, vivificante y movilizadora. La depresión es vacío de sentido. Es un centro de gravedad ubicado justo en el centro del pecho donde llega a reposar el peso del mundo entero. Un sufrimiento seco, ensordecedor, en ocasiones insoportable. A veces funcionan Dios, el amor, la terapia y la medicina, otras no.

Hace algunas semanas, un reportaje de Noticias Caracol nos mostró a Catalina Giraldo, una mujer de 30 años que sufre depresión mayor, trastorno límite de la personalidad y ansiedad crónica. Catalina ha intentado hacerle frente a sus enfermedades con 40 esquemas farmacológicos distintos, nueve hospitalizaciones psiquiátricas y tres ciclos de terapia electroconvulsiva, nada ha funcionado. Cada exhalación le cuesta, su día a día transcurre en una suerte de desesperanza crónica que hace que su existencia sea mayormente agónica. A la hora del sueño se enfrenta a nuevas angustias pues su cerebro, el comandante terco que todo lo dirige, no le da tregua ni cuando está dormida. Catalina está cansada y ha tomado una decisión que parece irrevocable: morirse. La manera en la que desea abandonar el mundo es la del suicidio asistido, una fórmula jurídica y materialmente distinta a la eutanasia. En el suicidio asistido se otorga un fármaco letal al solicitante para que él mismo pueda causarse la muerte de manera indolora en el momento en el que lo considere pertinente. Catalina ya ha intentado quitarse la vida por sus propios medios, es decir, conoce bien lo que implica querer matarse en un mundo donde este acto está censurado: culpa, violencia y soledad. Su deseo es que la ceremonia con la que concluya su vida sea distinta. Partir tranquila con su familia rodeándola, dándoles y dándose la certeza del amor, el sosiego y la gratitud.Como humanidad, el suicidio nos horroriza porque nos confronta con el núcleo mismo de nuestra naturaleza. Nos interpela y se nos presenta como contraintuitivo, como una conducta amenazante para la especie. En muchos casos es una tragedia que tiene entresijos sociales y culturales que estamos llamados a entender y transformar. Sin embargo, al final, el suicidio es un ejercicio de soberanía última sobre el cuerpo y la vida. Casi nadie desea existir si lo que mayormente experimenta es un sufrimiento crónico e incurable. No se trata de trivializar la condición humana: enfrentamos dolores de toda índole, nos duele el corazón y soportamos congojas, pero esto dista mucho de una experiencia permanente de padecimiento similar a un esquema de tortura. Hay momentos en los que lo sagrado no es la vida en sí misma, sino el amor y las formas que toma, como la compasión. En un país como Colombia tan acostumbrado a la muerte violenta, ésta también puede convertirse en un ritual amoroso, liberador y misericordioso. Abogo por esto y por un Estado que invierta su fórmula histórica: si antes ha utilizado su fuerza para matar violentamente a miles, que ahora encauce su poder en asistir a quienes desean irse pacíficamente. Que te vaya bonito, Catalina. Rezo para que puedas partir como quieres. Que el desconsuelo que te ha perseguido se disuelva en un último aliento con la mano de tu madre entrelazada con la tuya.

Nota del editor: En este enlace se pueden encontrar líneas de atención gratuita para casos de salud mental e ideación suicida en cada departamento del país.

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