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Ya más o menos todos sabemos lo que ha pasado en los últimos días en Venezuela: la extracción de Nicolás Maduro y Cilia Flores, el júbilo de la diáspora venezolana frente al escepticismo de quienes se quedaron en el país, la posesión de Delcy Rodriguez como nueva presidenta y las declaraciones de Trump sobre el país. Han sido días intensos, no sólo por lo que implica esta agresión a la soberanía nacional de un país latinoamericano, sino porque Colombia quedó directamente implicada y tuvo días de tensión máxima. En medio de todo el caos, muchos preguntaron por el papel que desempeñaría María Corina Machado, la recién encumbrada con el Nobel de Paz.
El Nobel de Machado suscitó todo tipo de reacciones: desde quienes lo celebraron a garganta rota hasta los que criticaron la decisión por las declaraciones de la opositora venezolana. María Corina, antes y después de ser galardona, no escatimó en súplicas y solicitudes para que Venezuela fuera bombardeada. En algún momento habrá que detenerse con más calma a analizar los hilos geopolíticos que se mueven alrededor de un premio como el Nobel, también sobre cómo es un síntoma de la esquizofrenia de nuestro tiempo que un reconocimiento que busca exaltar la lucha por la paz sea otorgado a una persona que pide que su patria sea atacada bélicamente. Pero esos son análisis que debemos producir luego, por ahora, el quid del asunto es que luego de haberse producido el golpe a Miraflores, Donald Trump hizo una rueda de prensa en la que entre muchas cosas dijo que María Corina no tenía ni el apoyo ni el respeto para ser presidenta de Venezuela. El desaire fue total, el desinfle absoluto. Inmediatamente empezó a correr el rumor de que Trump había desestimado a Machado por haber recibido un galardón que él consideraba que le pertenecía por derecho propio. A partir de ese momento empezó un descenso realmente penoso de ver, una María Corina suplicante, patética y desesperada recorría los medios de comunicación regandose en elogios a Trump y diciendo que quería compartir el premio con él. De poco o nada le sirvió: sin ningún tipo de miramiento Trump optó por Delcy Rodríguez. Machado, ya humillada y escarmentada, en lugar de apelar a un mínimo sentido del honor y solicitar elecciones libres o, en su defecto, el reconocimiento de Edmundo González como presidente, decidió cavar aún más en la tumba de su indignidad. En un viaje relámpago a la Casa Blanca le entregó directamente su medalla del Nobel a Donald Trump. Acto seguido dio un discurso completamente delirante sobre Bolívar y Lafayette. La escena es difícil de ver, pocas veces alguien se ha expuesto a sí mismo a tales niveles de ignominia, no cabe duda alguna: presenciamos uno de los episodios más bochornosos de nuestra historia reciente. También uno de los más reveladores, pocas veces podemos ver de manera tan diáfana el comportamiento de las élites latinoamericanas, dispuestas a entregar cada átomo de su integridad y la de su pueblo por un trozo de poder.
Finalmente, a una María Corina humillada, sin autoridad, sin presidencia, sin respeto y casi que sin patria y sin cordura, sólo le resta buscar una buena amiga, como esas que con cariño pero con firmeza nos han detenido en alguna noche de tragos y han impedido que sigamos feriando nuestra dignidad ante un amor no correspondido. Ojalá la encuentre pronto.
