Hace algunos años, siendo estudiante de derecho, decidí hacer mi tesis de pregrado sobre la Unión Patriótica. Era parte del movimiento estudiantil y quería aportar al debate de la reparación con mi investigación. El proceso de recolección de la información no fue nada fácil, cada cosa que descubría dolía más que la anterior y descarnadamente se revelaba frente a mí una generación de gente brillante y buena arrasada con una perversidad inimaginable. Un horror. El horror.
El lunes pasado, en el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación de Bogotá, se reunieron familiares y sobrevivientes del genocidio de la UP para escuchar la sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos sobre su caso. En el ambiente flotaban algunas consignas viejas y los gritos de los nombres de los asesinados. Todo adornado con pancartas, rosas amarillas y banderas del mismo color. Durante la lectura del fallo, entre la terminología jurídica y la impersonalidad de la pantalla que transmitía desde otro lugar, se podía sentir una angustia apretada, un grito contenido, emociones contrariadas. Algunas mujeres dejaron caer lágrimas que rápidamente limpiaron con sus manos. “El Estado es responsable de…, el Estado es responsable de…”, se le oyó decir varias al presidente del tribunal. Sus palabras se derramaban sobre un auditorio que las reclamaba desde hace casi 30 años. Cuando acabó la lectura hubo un breve silencio que pronto diluyó el conductor del evento. En ese lapso pensé que si esa era la justicia, era muy poquita, y que qué ingenua fue esa estudiante de derecho que creía que la sanación de tal sufrimiento podía emanar de los jueces. En el resto no describiría una sensación como de alegría ni de triunfo, tal vez más de alivio, de saber que se había logrado algo por lo que llevaban peleando años.
Esta semana no he podido dejar de pensar en esto. Tal vez llevo años pensando en esto. No entiendo cómo el mundo siguió girando mientras los mataban y cómo siguió girando estos días. No se detuvieron los carros ni hubo montoneras de gente en la calle diciendo que fue el Estado. En los procesos de las dictaduras latinoamericanas es un poco así. En nuestra democracia no. Ellos tienen una herida común que los atraviesa y los moviliza multitudinariamente; a nosotros nos han despedazado por partes, por capítulos. Nuestro dolor está atomizado y nos cuesta reclamar por el sufrimiento del otro porque apenas si nos deja respirar el propio.
Celebro el fallo porque es el punto de llegada de cientos de personas que se acompañaron por décadas buscando respuestas y puede ser el punto de partida para un proceso profundo de varias aristas. Creo ahora más que antes, que al dolor fraccionado hay que oponerle un relato común de sanación colectiva y no repetición. Ahí tal vez encontremos verdadera justicia. Sentido, futuro.