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¡Viva la U!

Cristina Nicholls Ocampo

27 de marzo de 2024 - 09:05 p. m.

En el año 2011 hice parte del movimiento estudiantil que se agrupó a nivel nacional para protestar en contra de la reforma de la ley 30 propuesta por el gobierno del entonces presidente Juan Manuel Santos. En el marco de esa gran convergencia pude conocer casi todas las universidades públicas del país, entre ellas, por supuesto, la Nacional de Colombia. Debo decir que de la Nacional me conmovió el amor con el que sus estudiantes la habitaban. Era una casa, su casa, y también el hogar que debería tener las puertas abiertas para que entraran todos. Desde ahí además se soñaba con transformar toda la villa, y por qué no, el mundo entero.

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Producto de ese cariño añejo he venido siguiendo el proceso de elección a rector de ese claustro. En días pasados la comunidad universitaria eligió al profesor Leopoldo Múnera como su candidato predilecto para ocupar la rectoría con un 34 % de margen en las votaciones universitarias. A pesar de que la consulta no tiene carácter vinculante, se esperaba que la democracia y la manifestación de la voluntad de las mayorías se respetara en el Consejo Superior Universitario, órgano que finalmente decide. Lamentablemente, no fue así: quien resultó electo fue el profesor José Ismael Peña, quien apenas reunió el 8 % de los votos. Las reacciones no se han hecho esperar: la comunidad universitaria en pleno salió a cuestionar la legitimidad de Peña y a indagar sobre los mecanismos que lo llevaron a ser elegido. Lo que ha venido después ha sido vergonzoso. Reuniones secretas para acordar un ganador distinto a Múnera, fórmulas matemáticas para desconocer la consulta, procesos de estigmatización contra el profesor Leopoldo. Toda una muestra de la opacidad, la antidemocracia y la mezquindad con la que se mueven los procesos de poder en el país.

Hay que decir que acá el quid del asunto es muy sencillo: existen quienes ven en la universidad un lugar obediente y gris que sirve al país en tanto despacha mano de obra titulada en detrimento de la imaginación, la calidad y el saber; y existen otros, en los que me incluyo, que creemos que la universidad debe ser laboratorio crítico de la sociedad. El lugar para preguntarse por el poder, la vida, el ser, la política. La cuna para el enfrentamiento de ideas, el espacio para el ensayo y el error. La casa de puertas abiertas para el pensamiento, la belleza y el arte. Dos visiones antípodas que han estado y seguirán en tensión. Generalmente cuando esto pasa, la democracia decide. Pero, en este caso, la democracia fue aplastada. Preocupante, tristísimo. Ojalá que por el bien de la Nacional surja de todo este proceso tan penoso la reevaluación de las formas de elección de la rectoría. De lo contrario, y de a poco, seguiremos asistiendo no solo al avance del desmonte de la U. como eje transformador, sino también a la progresiva erosión de la democracia como principio universal y civilizatorio.

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