
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Tenía 52 años, era estilista, vivía en el sur de Bogotá y se llamaba Yulixa Toloza. Su último respiro ocurrió en una clínica de garaje que convirtió en negocio los arquetipos estéticos que nos impone el mundo a las mujeres. Sacaron su cuerpo, lo subieron a un carro y lo arrojaron en un municipio alejado de su hogar. Duró desaparecida varios días y en su búsqueda encontraron a cuatro asesinadas más. Y ese horror no alcanzó a conmovernos lo suficiente como para salir a la calle y al menos gritar.
Este país lleva toda su historia perfeccionando un esquema de atrocidades en contra de las mujeres, y en ese ejercicio permanente, asfixiante, hemos naturalizado lo impensable. Para afrontarlo hemos construido un ciclo casi litúrgico: el escándalo, la indignación coyuntural y luego el silencio. Yulixa es una. Yuliana es otra. Rosa Elvira una más. A las otras cuatro que aparecieron aún no les ponemos nombre ni rostro. Sabemos que existen centenares de las que no podremos despedirnos, a las que no les dedicaremos una oración, ni siquiera un mensaje frívolo en redes sociales. Es tal la resignación que no logramos ni siquiera articular una rabia arrasadora que detenga esto aunque sea un único día. Seguir funcionando debería acongojarnos más, ir al trabajo, tomarnos un trago, reírnos mientras en alguna parte hay una de las nuestras sufriendo.
Ante el volumen de la tragedia nos hemos entrenado para absorber el espanto; aún así, hay momentos en los que es preciso detenernos para verlo de frente. Hoy quiero hacer el ejercicio de pensar en Yulixa. Qué esperaba de ese día. Qué versión de sí misma quería obtener al regresar a casa. Cuáles fueron las presiones silenciosas que la empujaron a ponerse en manos de un sitio de este tipo. Pensaría en algo trivial o en algo importante antes de ingresar. Sintió miedo, angustia, dolor. Entenderla no como una cifra sino como una completitud que le fue arrebatada a su familia, a sus amigas, a sus clientas. A nosotras.
Aunque cueste, propongo un duelo verdadero. Por ella, por todas. Sin precipitarnos al siguiente paso, asumiendo el peso de la humanidad perdida y tal vez así dimensionando la magnitud de la tragedia. Un duelo que no busque consuelo rápido ni resolución ordenada. Que se permita la incomodidad, la aversión, algo distinto a la resignación. Tal vez surja de ahí al menos una negativa. La negativa colectiva a seguir asimilando esto como si fuera el orden natural de las cosas, como si desaparecer, ser encontradas al costado de una carretera, ser las cuatro sin nombre al margen de otra noticia, fuera el destino manifiesto de las mujeres en Colombia.
No quiero más liturgia del lamento. Quiero que alguien tenga vergüenza, rabia, ímpetu. Quiero yo misma tenerlas. Y quiero que nos duren más de tres días.
