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La coherencia es una virtud política solo mientras dialoga con la realidad; si se encierra en sí misma, corre el riesgo de convertirse en obstinación. Max Weber advirtió que la política no puede guiarse únicamente por la ética de la convicción, sino que exige una ética de la responsabilidad: la obligación de responder por las consecuencias de las decisiones en un momento histórico concreto. Persistir en una decisión correcta cuando las circunstancias han cambiado no siempre es firmeza; a veces supone sacrificar al buen juicio.
Apreciado doctor Fajardo: hay momentos en la vida pública en los que la coherencia no basta y en los que el carácter (en su caso más que probado) requiere de un gesto político. Colombia atraviesa un momento crucial. La polarización áspera, hiperemocional e irreflexiva nos encamina a una elección en la que los proyectos de país no se distinguen con claridad, porque prima la confrontación entre dos radicalismos codependientes: uno que pretende dar continuidad a un gobierno nefasto, que entre ya tantos daños hechos, es responsable de una “paz total” que hoy tiene a media Colombia arrodillada ante la delincuencia; y otro que, bajo la promesa del “orden”, se cree un general y da voz a un maniquí anacrónico, nuevo rico con fortuna no explicada del todo, sin experiencia política y por lo tanto es un salto al vacío. En medio está usted, doctor Fajardo, ofreciéndonos una rara combinación de decencia personal, independencia política y experiencia pública, virtudes que en Colombia pocas veces coinciden.
Con este escrito me tomo la licencia de hablar en nombre de millones de ciudadanos que vemos en usted una salida a la degradación de tener que escoger entre el peor o el voto en blanco, en un escenario de venganzas cruzadas. Escribo por los ciudadanos de distintas corrientes políticas que durante décadas lo han acompañado con convicción para decirle hoy con claridad que su decisión de no participar en la llamada Gran Consulta pone en riesgo nuestra esperanza y que participar en ella no sería un cálculo electoral más, sino un gesto de contención democrática.
La alianza alrededor de la Gran Consulta se ha presentado, ante todo, como un frente antipetrista. Aunque algunos de sus integrantes no comulgan con el modelo de derecha importado y populista, no hay allí hoy un candidato que represente con claridad al país que no quiere extremistas en el poder. En ese escenario, doctor Fajardo, usted no sería un actor más, sino quizá el único capaz de introducir en esa consulta la voz distinta y necesaria del antirradicalismo democrático.
Apreciado doctor Fajardo: su independencia frente a la politiquería está más que probada. Lo hemos acompañado hasta aquí con admiración por su trayectoria y con paciencia frente a sus convicciones. Por eso creo que ha llegado el momento de pensar menos en reafirmarlas y más en su electorado que es una porción significativa del país, hoy profundamente angustiada por el futuro de Colombia.
Deje usted al tigre esa “extrema coherencia” que el espabilado pregona, y salve usted la patria, tan dañada por el petrismo, profesor Fajardo.
