Esta columna iba a ser sobre el primer fin de semana del gobierno de Abelardo de la Espriella: el anuncio del fin de la nefasta Paz Total; el balance oficial de siete operaciones militares en 48 horas; la muerte de alias Ruso en Mapiripán; el golpe al Clan del Golfo en Anorí, y el traslado a cárceles de máxima seguridad de 117 reclusos consentidos de Petro. En fin, sobre una mano dura que no sabremos si la contuvo el gobierno anterior o si el Ejército reservó estos golpes para el inicio del gobierno del Tigre.
Pero a las 7:34 de la mañana, mientras escuchaba la radio, un terremoto de magnitud 7,4, con epicentro en San José del Palmar, Chocó, cambió las expectativas de los colombianos. Mientras muchos celebraban la bravura del tigre combatiente, la tierra alteró las prioridades de una nación entera. Pasó a segundo plano el liderazgo militar del mandatario y comenzamos a buscar en él al jefe de Estado con la cabeza fría de un gerente. El primero habla fuerte, ordena operativos y celebra bajas; el segundo organiza información, articula instituciones y transmite serenidad en medio del drama.
De la Espriella canceló su agenda, declaró la situación de desastre nacional, instaló en Bogotá un Puesto de Mando Unificado central y activó puestos territoriales en Armenia, Quibdó y Cali. Prometió balances cada dos o tres horas y, hasta hoy, ha recorrido Pereira, Quibdó y Cali. A mi juicio, salvo algunos detalles de puesta en escena que sobraban en un momento de dolor, el presidente ha sabido responder. El país ha visto a un hombre erguido —no recostado en el atril—, con la firmeza del gestor que debe responder ante una nación.
No basta, por supuesto. Los balances iniciales dicen poco sobre la eficacia de las ayudas y los resultados de una reconstrucción que contribuya a reparar, al menos en Chocó, las consecuencias del abandono histórico que ha hecho tan vulnerables a esos territorios.
Otro reto enfrenta el presidente De la Espriella: garantizar la unión de la nación alrededor de una tragedia colectiva que no borra nuestras diferencias, pero revela su verdadera proporción. Frente a las familias que lo perdieron todo no puede haber oficialismo y oposición, ni derechas ni izquierdas.
El presidente ha proclamado insistentemente el comienzo de la “patria milagro” y ha convertido su fe en una presencia ostensible del poder. La paradoja es dolorosa: en sus primeras horas hábiles de gobierno, la realidad sometió esa promesa a su prueba más dura desde el inicio de su carrera por la Presidencia. Tal vez sea la ocasión para comprender que la fe de un gobernante no se demuestra proclamando la protección divina, sino sirviendo con humildad y eficacia a quienes han quedado desprotegidos.
Y si de esta hora puede surgir algún milagro, no será el de una nación eximida del sufrimiento. Será el de los rescates asombrosos; el de los desconocidos que se unen para remover escombros; el de las filas para donar sangre; el de quienes abren sus casas a extraños necesitados; el de la generosidad de la sociedad entera, y el de un país capaz de reconocerse, por encima de sus fracturas, en el dolor de los demás.
Todo es relativo frente a una tragedia colectiva. Todo, salvo la vida humana.