El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

El pato cojo

Cristina Carrizosa Calle

18 de junio de 2026 - 12:05 a. m.

La imagen del presidente Petro en la ONU el pasado 10 de junio resume la campaña del oficialismo mejor que cualquier encuesta: ante una audiencia de diplomáticos perplejos, usó el púlpito de la soberanía internacional para despachar, entre temas deshilvanados, referencias a Donald Trump y a Abelardo de la Espriella. Como es usual en él, no hablaba como un jefe de Estado en ejercicio, sino como un hombre que ya solo se dirige a sí mismo.

PUBLICIDAD

A tres días de la elección presidencial las encuestas revelan una paradoja: mientras la favorabilidad del presidente ronda el 51 %, su candidato, Iván Cepeda, aparece rezagado frente a Abelardo de la Espriella por casi ocho puntos. La conclusión evidente es que Petro es un peso inerte para la campaña y no un motor electoral. Algo parecido le pasó a Cristina Fernández de Kirchner en 2015: dejó el poder con una aprobación que rondaba el 40 % y, aun así, Daniel Scioli, su candidato, perdió contra Macri en segunda vuelta.

Iván Cepeda, además, ha resultado ser un candidato opaco. Aunque su base electoral llevó a la izquierda a su mejor primera vuelta histórica, el contraste es arrasador: si De la Espriella es adrenalina pura, Cepeda es melatonina. En la política de las masas y las redes, esa diferencia se lee como frialdad y pasividad. A esto se suma Petro, quien no pierde la oportunidad de recordarle al país con sus intervenciones que él sigue siendo el centro de todo. La alternativa entonces para el votante indeciso de centro, más temeroso del estilo petrista que de los postulados de izquierda, y hastiado de la corrupción, es un candidato incapaz de marcar distancia de quien le resta brillo y degrada la política. Sin embargo, la responsabilidad no es solo del caudillo. Cepeda pudo haber construido una imagen propia y romper con ciertas narrativas de Petro. No ofreció ningún gesto distinto al silencio que le permitiera al votante de centro convencerse de que su gobierno puede ser distinto al actual.

En la política estadounidense se le llama un lame duck (pato cojo) al presidente saliente que, comprendiendo que su mandato se agota, maneja con prudencia los tiempos de transición. Reconocerlo es un acto de decencia política y permite distinguir, entre otras cosas, a un estadista de un caudillo. Petro es un “pato cojo” que no acepta su condición. En lugar de pasar su otoño en el poder con la dignidad que le habría permitido a Cepeda mostrar su primavera, optó por el histrionismo que lo ha llevado incluso a violar las normas electorales. Las salidas en falso de Petro no solo no le sumaron indecisos a Cepeda, sino les confirmaron a muchos su voto por De la Espriella.

Si De la Espriella gana el próximo domingo, no será solo por un mal candidato de la izquierda, ni por la multimillonaria y audaz campaña de la ultraderecha. Será, sobre todo, por un caudillo tropical en el ocaso que, llegada la hora de la verdad, se eligió a sí mismo por encima de su legado. Así como los pájaros que no sueltan la rama no logran enseñar a volar a sus crías, hay patos cojos que graznan sin parar confundiendo el ruido con el vuelo.

Por Cristina Carrizosa Calle

Abogada egresada de la Universidad de los Andes, con experiencia de más 25 años como consultora y asesora tanto en el sector público como en el privado. Fue asesora de la Presidencia de la República, diplomática y directora de organizaciones que emprenden proyectos de alto impacto social. Columnista y panelista radial
Conoce más
Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.