Con el inicio en el estado de Minnesota de la Operation Metro Surge, descrita por el Departamento de Seguridad Nacional como “la mayor operación de control migratorio jamás realizada”, el gobierno de Donald Trump ha duplicado las actividades tradicionales del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) e implementado tácticas brutales que terminaron por transformar una agencia migratoria en una patrulla de control social.
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Tras el asesinato de la estadounidense Renée Nicole Good y la aberrante detención de Liam Ramos, un niño de cinco años, el punto de inflexión que hoy tiene escandalizado al mundo es el asesinato, el fin de semana pasado, de Alex Jeffrey Pretti, ciudadano estadounidense de 37 años, acribillado en las calles de Minneapolis por un agente federal por intentar proteger a dos mujeres manifestantes de los empujones de los agentes.
Pretti era el clásico ciudadano estadounidense que el gobierno de Trump dice proteger: un enfermero de veteranos de guerra convencido de su deber de cuidado hacia quienes combatieron por Estados Unidos. Un vecino amable, dedicado a sus pacientes que durante años repartió pizzas por las noches para reunir los ahorros que le permitieron comprar su casa y un automóvil nuevo. Practicaba ciclismo de montaña y contaba con permiso legal para portar armas de fuego conforme a la ley estatal de Minnesota. Abatido por el propio Estado, Pretti encarnaba el modelo del estadounidense de valores republicanos clásicos: trabajo duro, civismo, responsabilidad individual, respeto por la ley y defensa de las libertades.
La contradicción es incomprensible: la administración Trump se ufana de los resultados obtenidos al reproducir, dentro de sus propias fronteras, aquello que Estados Unidos ha combatido durante décadas en otros países en nombre de la democracia, la paz, la justicia, la libertad y el Estado liberal.
En estos días se habla de una “deriva fascista” del gobierno estadounidense. Como categoría histórica, el fascismo presenta características específicas, por lo que, en sentido estricto, no puede hablarse de una repetición literal del fascismo europeo de mediados del siglo XX. Sin embargo, la normalización acelerada del uso de la fuerza estatal contra amplios segmentos de la sociedad civil, la política migratoria gestionada como un asunto de orden público general y la militarización del ICE sí revelan un populismo autoritario y una sensación generalizada de alarma en torno a los derechos humanos, inédita en décadas y comparable (en términos de clima político) con los años de la segregación racial.
En un orden mundial reconfigurado por Trump, con el multilateralismo debilitado y los consensos básicos de las democracias liberales desplazados, es inevitable que este autoritarismo se irradie a nivel global. De ahí el peligro, pero que, en mi opinión, no lo encarna solo Trump. Gobernantes con delirios de grandeza han existido siempre, desde Nerón hasta nuestros días. El peligro real es la indiferencia de las instituciones, de las mayorías ciudadanas y, sobre todo, del Partido Demócrata, en un Estado que ve erosionados los mecanismos democráticos de control y contrapeso a los abusos de poder.
La historia no juzga solo a Nerones; también condena a los pueblos que, por pasividad, consienten el marchitamiento deliberado de las instituciones que sostienen la democracia.